El bloguero

¡Guerra a Chávez!

Noviembre 22, 2009 · Dejar un comentario

      ¿Es la amenaza de guerra de Chávez a Colombia un pote de humo para apartar la atención nacional e internacional del desastre que es la Venezuela actual, o “el mono con pistola” en el colmo de sus aberrantes deseos de protagonismo, busca realmente provocar un conflicto regional de repercusión mundial?

      En el primer supuesto, la acumulación de problemas socio-económicos en estos 10 años de (des) gobierno chavista es tan enorme que ya ninguna sucia triquiñuela gubernamental puede taparla. Sin embargo, como resultado de tanto amagar belicista, el gobierno colombiano pudiera verse obligado a defenderse atacando primero, de manera preventiva, lo que sentenciaría el derramamiento de sangre entre pueblos hermanos.

       En el otro supuesto, estaríamos ante uno de los líderes más perversos y desquiciados de la historia contemporánea.
 
      Siempre he sostenido que, en teoría, así como a los abogados les gustan los tribunales, a los ingenieros las construcciones, a los doctores los hospitales y a los maestros las escuelas, por ejemplo, a los militares les gustan los campos de batalla. Algunos dirán que hay guerras necesarias para defenderse o lograr la paz, pero dicho argumento no tiene aplicación en el caso de Colombia.

      En sus cínicas e infantiles explicaciones – a los compatriotas venezolanos desinformados -  porque los medianamente informados de ambos bandos no creemos en cuentos sabanetinos – Chávez dice que su decisión de prepararse para una guerra con Colombia es la respuesta lógica a la amenaza que las bases militares estadounidenses en suelo colombiano representan para Venezuela. Pero, es muy fácil demostrar que Chávez ha estado gastando exhorbitantes sumas de dinero público venezolano en armamento bélico ruso, desde mucho antes que Colombia y EE.UU alcanzaran ese acuerdo, lo cual obligó al presidente Uribe a tomar medidas legítimas para proteger su suelo y su gente de un arranque de histeria y arrogancia de Chávez, traducido en incursión armada. Pero, durante todo ese tiempo, Uribe, fue lo suficientemente respetuoso, comedido e inteligente para no acusar a Chávez de estarse armanando para intimidar o atacar a Colombia. En cambio, el caradura barinés revela su absoluta falta de escrúpulos y su gran vocación destructiva al señalar a Colombia, ante el mundo, como un país agresor, porque el gobierno del presidente Uribe decidió dejarse de jueguitos diplomáticos y hacer  lo que corresponde en defensa de sus intereses nacionales.

      Como parte de sus maquiavélicos planes, recientemente el anticristo caribeño mandó a la Guardia Nacional de Venezuela a destruir unos puentes fronterizos, vitales para el robusto y por demás beneficioso intercambio comercial y cultural que durante muchos años han mantenido ambos pueblos hermanos en esa región limítrofe.

      Las pujantes comunidades fronterizas a ambos lados de la fronetra, ejemplo claro de integración y hermandad colombo-venezolanas no le van a perdonar nunca al pistolero de Sabaneta este disparo mortal contra la prosperidad y la felicidad de sus habitantes.

       Pero, esa hermosa experiencia de convivencia binacional pacífica y productiva (igual ocurre en el llano colombo-venezolano) es el resultado de un proceso histórico de relaciones entre pueblos vecinos amigos. Y aunque Chávez, voluntaria o involuntariamente, lleve a nuestros ejércitos a la guerra, nunca podrá romper los fuertes lazos integracionistas que atan a ambos pueblos. Y es posible predecir que de esas comunidades fronterizas hermanadas surgiría la mayor y más férrea resistencia a los delirios belicosos de Chávez.

       Mis hermanos venezolanos, sobre todo los más pobres, deben saber que en el caso de una confrontación armada, los primeros en ir al frente de batalla a morir como “carne de cañon” serán los más pendejos, como siempre. Porque ni Chávez, ni sus ministros (incluido el de defensa), ni sus oficiales de alto rango, ni los funcionarios del gobierno, ni los familiares cercanos de todo estos boliburgueses van a acercarse ni por equivocación a la zona de combate. Pero, el tirano sabanero se jacta diciendo que el ejército venezolano es digno heredero de nuestro glorioso Ejército Libertador comandado por Simón Bolívar, Padre de la Patria y libertador de 5 naciones. Tal vez los inocentes, valientes y jóvenes soldados venezolanos merezcan heredar esas glorias, pero no la cuerda de oficiales chavistas nuevos ricos, entregados a la tarea de proteger sus fortunas malhabidas, ultrajando el juramento sagrado que hicieron a la patria (con muchas y muy honrosas excepciones, claro está). Supuestos soldados que más que un ejército forman una comparsita de tristes payasos uniformados.

       El pueblo venezolano históricamente ha sido un pueblo de paz. Hasta hace pocos años, y por más de medio siglo fuimos la democracia – con todos sus defectos – más estable de América Latina.

     El venezolano común y corriente sólo aspira a una vida de prosperidad y felicidad en unión de sus familiares y seres queridos, en un país pacífico y moderno. Chávez y los demás promotores de esta guerra, en cambio, sólo aspiran satisfacer sus muy egoístas y bajos apetitos de riqueza y poder. 

       No podemos permitir que esta pandilla de traidores se beneficie a costa de la sangre de nuestros muchachos y de nuestros hermanos colombianos.

       Pero, si para satisfacer sus muy mundanos y enfermizos caprichos, Chávez finalmente obliga a miles de compatriotas inocentes a ir a morir injustificadamente, entonces será deber sagrado de todos y cada uno de nosotros, los venezolanos de justicia y paz, hacerle la guerra al autócrata desalmado y a su séquito de jalabolas cobardes, para lograr que algún día sean aplastados por todo el peso de la ley, y paguen caro su traición y su maldad.

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EL “WACHIMÁN”

Octubre 25, 2009 · Dejar un comentario

       (Estimados lectores, no siempre dispongo del tiempo para editar entradas extensas sobre todos los temas que quisiera abordar, así que, de vez en cuando, haré El “Wachimán”, un batuque de opiniones donde hablo de todo un poco. Mil gracias a los 32 mil valientes que me han leído hasta ahora)

       El secuestro y posterior masacre de 10 ciudadanos colombianos y uno venezolano, en un sector del municipio Fernández Feo del estado Táchira, pone en evidencia la angustiante y terrórifica situación de indefensión en la que (sobre) viven a diario mis compatriotas allá en Venezuela, sobre todo en los estados fronterizos, convertidos en feudos de los genocidas narcoguerrilleros colombianos. Como era de esperarse, algunos chavistas ultrosos salieron inmediatamente a culpar del hecho al opositor gobernador del Táchira, César Pérez Vivas, por negligencia en sus funciones. Y, es de esperarse, también, que esa misma sea la postura oficial del (des) gobierno de Chávez. Esta irresponsable y ociosa acitutd, delata la macabras motivaciones de los acusadores, ya que es bien sabido que tanto el gobierno nacional como sus funcionarios y seguidores en ese estado andino, han hecho absolutamente todo lo imaginable para impedir que César Pérez gobierne para el pueblo tachirense que lo eligió por mayoría en noviembre de 2008. Apartando las supuestas relaciones del gobierno venezolano con las FARC y el ELN (éste último señalado como presunto responsable del la masacre), proteger las fronteras nacionales y la vida de sus habitantes es un asunto de seguridad nacional. Pero Chávez, tiene prioridades más urgentes, como dotar a la policía de Bolivia con equipos antimotines, por ejemplo…

       Aunque anteriormente he expresado mi preocupación de que el Alcalde Mayor de Caracas, Antonio Ledezma, aun pueda tener vínculos políticos (no amistosos) con algunos de los “tiranosaurios” adecos que asaltaron impunemente a Venezuela y a los venezolanos, se ganó mi respeto con su acitud (en mi opinión, por demás valiente, correcta y gallarda) contra las perversas triquiñuelas gubernamentales para “eliminarlo”. Además, coincido con él cuando dice que, de cara a las elcciones parlamentarias de 2010, “los candidatos a la Asamblea no deben ser únicamente de los partidos, sino de asociaciones civiles y los concejos comunales, o cualquiera que tenga una agenda social”. Ledezma entiende que la única forma posible de derrotar al chavismo es oyendo a la gente común, para saber qué piensan, que sienten, para conocer sus necesidades más urgentes. Y esa propuesta social que menciona el alcalde mayor, por cierto, es indispensable para llegar a los millones de compatriotas pobres que aun apoyan a Chávez. Ellos prefieren a un Chávez ineficiente, manipulador, oportunista y represor que se acerca a ellos, antes que a una oposición que sienten muy lejana, por buena que sean sus intenciones. En nuestro país hay 60% de pobres, ¡ya es tiempo de que nos ocupemos de ellos!

       Es normal que el gobierno de Chávez se muestre sumamente indignado y ofendido si el ministro de defensa colombiano dice que “la mayoría de los aviones del narcotráfico están saliendo desde Venezuela hacia Centroamérica”. Extraño sería que una dictadura como la chavista no se ofendiera por eso. Pongámonos a pensar. Colombia, el mayor productor de cocaína del mundo y mayor abastecedor de Estados Unidos y Europa, es nuestro vecino. El lado venezolano de la frontera con el hermano país está desguarnecido, prácticamente controlado por los narcoterroristas. Prueba de ello son los secuestros, extorsiones, muertes, robos, contrabandos y demás crímenes que tienen que soportar cotidianamente los pobladores de las zonas fronterizas venezolanas. Es parte del paisaje. Chávez ha expresado abierta y repetidamente su simpatía por los terroristas de las FARC. En mi país, desafortunadamente hay muchos ladrones de cuello blanco, gente muy codiciosa que haría cualquier cosa por dinero (¿dónde estarán los funcionarios de PDVSA involucrados en el “caso del maletín”?). Así que no es tan descabellado lo que sugiere el general colombiano. Por el contrario, suena hasta lógico. Por cierto, el jefe militar colombiano no está diciendo que las autoridades chavistas sean cómplices en el tránsito de esas aeronaves por los cielos venezolanos. No hay pruebas, por ahora. Pero, de que vuelan vuelan…

       Pero, Venezuela es mucho más que Chávez. Mi país tiene infinidad de cosas buenas que ofrecer. Por ejemplo, en septiembre, aquí en Japón, contamos con la muy refrescante y valiosa presencia del afamado cantautor y cuatrista venezolano, Rafel “Pollo” Brito. Según pude conocer esta es su tercera visita a la Tierra del Sol Naciente, síntoma de lo mucho que gusta el muy talentoso artista entre el eixgente público nipón. Merecen igual reconocimiento los excelentes músicos que lo acompañaron en esta gira por 6 ciudades japonesas: José Pérez (maracas), Roberto Koch (bajo), y la arpista japonesa Yoko Yoshisawa. Además de los conciertos, hay que destacar la fantástica labor docente en pro de la difusión de la música venezolana, que ellos realizan en suelo japonés, a través de charlas y talleres. En esas actividades educativas, entre otros muchos esmerados y eficientes colaboradores, cabe destacar la participación de Jun Ishibashi, profesor de la Universidad de Tokio, renombrado estudioso del folklore venezolano, coordinador de un curso de Cuatro en dicha universidad y presentador de los conciertos; Yasuji Deguchi, músico japonés, promotor de la música venezolana, destacado intérprete de mandolina, bandola y cuatro, e instructor de los cursos de cuatro; Maurice Reyna, agregado cultural de Venezuela en Japón, músico, intérprete de cuatro y guitarra, e instructor de los cursos de cuatro. Por mi parte, tuve la inmensa fortuna de asistir al taller de música venezolana impartido por el Pollo Brito y sus formidables músicos, en la universidad de Tokio. Fue una actividad en extremo placentera y memorable. Mientras veía al Pollo Brito compartiendo con sus alumnos japoneses (y conmigo también), derrochando simpatía y calidez, me sentí especialmente orgulloso de ser su compatriota, y entendí que, además de su genialidad musical, esa personalidad humilde es una de las razones principales de su tremendo éxito como artista, dentro y fuera de Venezuela.

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Sonrisas de Lhasa

Septiembre 28, 2009 · Dejar un comentario

(Artículo de mi autoría, publicado por la revista “China Hoy”, en enero de 2006)   

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2006n/s2006n3/p50.htm

RESUMIR en poco más de 1.000 palabras un viaje a Lhasa no es tarea fácil, aunque haya sido por tres días solamente. Además de la dificultad que representa decir tanto en tan poco espacio, las sensaciones experimentadas durante la aventura son tan inabarcables como esa gran ciudad de mágicos contrastes.
      Como a la hora de haber despegado de Chengdu, capital de la provincia central china de Sichuan, me sorprendió ver lo cerca que volábamos de las magníficas y desafiantes cumbres nevadas, y le pregunté a la aeromoza por qué volábamos tan bajo. Sonriendo irónicamente me respondió: “Señor, no volamos bajo; ¡esos picos miden 7.000 metros de altura!”. No en vano a la vasta altiplanicie tibetana se le conoce como el Techo del Mundo.
      Lo primero que hice tras descender del avión y pisar suelo tibetano fue absorber el aire puro y la energía vivificante de aquellos parajes. La bienvenida me la       dieron un cielo de azul imposible, las suaves estribaciones himalayas y un viento benévolo que me susurraba al oído las maravillas por venir. En el camino a Lhasa – en un confortable autobús – la embriagadora escena de río, valles y agricultores tibetanos en sus sembradíos presagiaba la experiencia única que estaba a punto de iniciar. 
      A primera vista, Lhasa me pareció uno de tantos polos de crecimiento del occidente de China, que se transforman aceleradamente a la par del vertiginoso desarrollo del país. Pero, tras mi primer encuentro con el imponente Potala, justo al cruzar una esquina de bancos, comercios y oficinas empresariales, tuve la sensación de que Lhasa es una ciudad única en el mundo, confluencia de pasado y presente, de tradición budista y modernidad china. Aún hoy, el Gran Potala se yergue majestuoso y protector sobre la vasta meseta de Lhasa. Su colosal estructura abisma e infunde veneración, y evoca siglos de fabulosas historias y leyendas. Su arquitectura deslumbrante, su místico encanto, la historia encerrada en sus muros, la solemnidad de sus templos, el esplendor de sus budas, y el fervor de sus monjes ameritan el viaje a Lhasa. Una de las mayores atracciones del Potala es el recorrido por la parte de afuera, a lo largo del muro exterior; una caminata larga, de casi dos km, que depara sorpresas a cada paso: Peregrinos que hacen girar los cientos de cilindros de oración giratorios pegados al muro; penitentes que andan a rastras, artesanos, monjes, mendigos, vendedores y turistas. Ante la subyugante imagen del Potala no pude menos que alabar el sentido de trascendencia del budismo y la infinita capacidad edificante de la raza humana.
      Un templo de visita obligada en Lhasa es el Jokhang. A diferencia de otros templos de Lhasa, está inserto en el corazón de una zona comercial. Su atractivo consiste, precisamente, en que a su alrededor se desarrolla una intensa actividad económico-cultural, en contraste con la mística y sosegada experiencia de inciensos, mantras y cánticos tibetanos de su interior. La inmensa plaza frente al templo es un colorido bazar artesanal palpitante de vida, donde se confunden lugareños y extranjeros en un intercambio comercial que es, más bien, bonito trueque de culturas, bajo la presencia protectora y la bendición del Johkhang. Allí, entre compras y “regateos” me quedé prendado del candor de dos niñitas tibetanas, hijas de artesanos. En los dos días que frecuenté la Plaza del Templo sentí que nos conocíamos desde y para siempre. Finalmente, en aquella pintoresca feria tibetana, conocí a una familia de campesinos que estaba de visita en Lhasa. Sencillos y humildes, sus rostros reflejaban la dignidad y la calidez de la gente del Tíbet. Después de mucho insistirles posaron para mi foto, con el señorío y la alegría propios de los hijos de una tierra hermosa y de una raza orgullosa.
      Otro monasterio que me impresionó gratamente fue el Sera, al norte de Lhasa. Al caer la tarde, mientras recorría sus templos y callecitas estrechas, al pie de una montaña rocosa, me sorprendió un coro de voces que llenaba el aire de sublimes melodías. Era un grupo de hombres y mujeres sentados en la platabanda de uno de los templos, cantando mientras golpeaban las aristas del techo con unas paletas de madera. Nunca supe qué hacían exactamente, mas me pareció un ritual diario que celebran a la puesta del sol. Admiré el entusiasmo y el espíritu de unidad con que faenaban y cantaban. Me hicieron muchas preguntas, pero mi chino es más que elemental, así que sólo alcancé a decirles de donde vengo; preguntarles sus nombres y darles el mío; decirles cuán hermosas son sus canciones y agradecerles por ese momento placentero. Hoy, cuando pienso en Lhasa, me veo sentado entre mis amigos cantarines, en el techo de aquel templo, contemplando la ciudad en el ocaso; escucho sus hermosos cánticos, veo sus rostros risueños, y les agradezco, una vez más, por el feliz recuerdo.
      Los monasterios y templos de Lhasa son santuarios de espiritualidad, en una urbe dinámica que se abre paso hacia el desarrollo. Pero, están ahí desde mucho antes, y fue la capital tibetana la que creció a su amparo. No hay que comulgar con el budismo para admirar la omnipresencia de sus valores y sus símbolos en Lhasa y en toda la región tibetana. Los fieles con sus cilindros de oración giratorios, los peregrinos postrados ante el Gran Potala con sus bolsos llenos de inciensos y esperanzas, los penitentes con sus karmas a cuestas conforman una entidad espiritual, en verdad, única.
      En Lhasa viví dos experiencias enriquecedoras con limosneros artistas. Cerca de mi posada, me tropecé con un alegre y pintoresco cantante que recorría el sector entonando bonitas canciones tibetanas al son de un tamborcito. Valoro enormemente la música tradicional del mundo entero, y los tambores son de mis instrumentos favoritos, así que le pedí que me dejara tocar el tambor, y formamos un ensamble latino-tibetano. Al rato, teníamos bastante público, y ¡nos dieron buena propina! Otro día, mientras tomaba fotos al Gran Potala, conocí a un trío muy peculiar: dos hermanitos músicos – niña y niño – que tocaban espléndidamente una especie de laúd persa, y que estaban acompañados por su abuelita, ¡la representante artística! El instrumento nacional de mi país, el cuatro venezolano, también es de cuerdas, y lo toco un poquito, por lo que disfruto enormemente ese tipo de música. Aquellos pequeños artistas tibetanos lograron cautivarme realmente con su dulzura y su talento. Tanto al carismático cantante, como a los niños músicos les di más propina de la que suelo dar, consciente, sin embargo, de que esas experiencias no tienen un valor material; son instantes indelebles que perduran por siempre como música en el alma.
      Tres días me bastaron para sucumbir ante el encanto de Lhasa y de su gente. Salí de la gran capital tibetana con la certeza de que volveré algún día, necesitado de sus mágicos contrastes, y necesitado, principalmente, del calor y la alegría de un pueblo con la sonrisa a flor de labios. Por eso el nombre de este artículo. Cierto, quedé absolutamente deslumbrado con la grandiosidad del Potala, pero hasta que regrese, soñaré rebosante de ilusión con las endémicas Sonrisas de Lhasa, porque erigieron el más fastuoso templo de felicidad en mi corazón.

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Lushan, Montaña Encantada

Septiembre 12, 2009 · Dejar un comentario

(Artículo de mi autoría publicado por la revista “China Hoy”,  en diciembre de 2006)

(Fe de errata: en el artículo de la revista, erróneamente, debido a un lapsus mentis - mío y de los editores – digo que el  monte Lushan se encuentra al norte del río Yangtsé, y que la provicincia china de Jiangxi es nororiental. Lo correcto es que Lushan está al sur del río y Jiangxi en el sureste chino). 

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2006n/s2006n12/p54.html

  

CUANDO se vive en un país como China, tan distinto al mío, Venezuela, hasta ir al supermercado resulta interesante. Y además de las aventuras cotidianas, fueron muchos los viajes que hice durante mi estancia en esa tierra milenaria. Cada uno de ellos constituyó en sí mismo una historia completa, con principio y final; lleno de anécdotas inolvidables, lecciones imperecederas, grandes satisfacciones y, como es normal, algunos contratiempos. Pero, al final, siempre con un balance positivo, porque el pueblo chino es hospitalario por naturaleza, con un corazón grande como su tierrra.

Durante las celebraciones del Año Nuevo Lunar Chino en 2003, decidí recorrer el Yangtsé (en chino, Changjiang, “El Gran Río”) inspirado por emocionantes relatos escuchados durante años sobre las Tres Gargantas y otras maravillas ubicadas a lo largo del gran río. Pero la travesía no fue exclusivamente fluvial. Mi plan también contemplaba la visita a algunos de los atractivos más importantes de la región de la cuenca del Yangtsé, por lo que en varias ocasiones desembarqué en algunos puertos, para acceder a dichos lugares por tierra, y reanudar el viaje en ferry más adelante, río arriba.

Mi itinerario incluía las exuberantes colinas de Lushan, frente al lago Poyang, al sur del Yangtsé, en la provincia suroriental china de Jiangxi. Todo viaje incluye sorpresas, unas gratas; otras no tanto. Y la visita al  monte Lushan no comenzó de la mejor manera. Pero así son las aventuras.

En el puerto fluvial de Jiujiang, tomé una buseta de pasajeros que me llevaría hasta Lushan. A mitad del ascenso, algo perturbó mi plácida contemplación del paisaje: ¡nieve! Lo que no estaba ni en mis cálculos más pesimistas. Estábamos en primavera, y a más de mil km al sur de Beijing. Por eso decidí hacer esa excursión; para disfrutar la belleza primaveral de tan paradisíacas montañas. En mi mente tenía al Lushan veraniego, descrito en la “Rough Guide”. Además no llevaba ropa de invierno; apenas una chaqueta deportiva. No preví ese escenario, y eso me molestaba. Para colmo de males, en el parabrisas del bus se formó una capa de hielo que impedía la visibilidad, por lo que debimos detener la marcha por varios minutos, bajo aquel clima gélido. Pero, “a pesar de los pesares”, hay que ejercitar la fe, y me dije a mí mismo uno de los tantos dichos optimistas usados en Venezuela: “Al mal tiempo buena cara”.

Pero eso no fue todo. Por fin llegamos a Lushan, ¡y el pueblo se encontraba literalmente cubierto de nieve! Sin darme por vencido, acordé con una joven universitaria china (oriunda del lugar, y que también viajaba en el bus) visitar el lago más grande de la montaña, ubicado a pocos minutos de la estación, para, al menos, tomar algunas fotos de consolación, y regresarme rápidamente a una muy modesta habitación de hotel que había reservado previamente con la ayuda de la atenta joven. El único detalle, amigos lectores, es que ¡el lago estaba totalmente seco! Sin una sola gota de agua. El lago de ensueños que imaginé la noche anterior parecía más bien un cráter marciano. Por poquito me echo a llorar. Pero la visión de una solitaria pagoda en la punta de una roca, en medio de aquel estanque vacío, me hizo reír a carcajadas de mi mala suerte. Aquello me convenció definitivamente de regresarme a la habitación, a ahogar mis penas durmiendo hasta el día siguiente, para volver a Jiujiang un día antes de lo planeado.

Apenas eran las 3 de la tarde, pero no había ni rastros de sol y las calles estaban desiertas. La habitación estaba bien, el pequeño inconveniente es que no tenía calefacción, así que al poco tiempo de entrar se convirtió en refrigerador. Me salvé de quedar como carne congelada gracias al termo con agua caliente, y a que había dos camas, así que pude arroparme con muchas cobijas. Mientras me dormía, titiritando de frío, ejercité nuevamente el optimismo, repitiendo varias veces, al compás de mis temblores, otro dicho venezolano positivo: “No hay mal que por bien no venga”.

Felizmente, en mi cuarto había un televisor, así que al menos podía consolarme viendo algún programa turístico del Lushan primaveral. Antes de encender la tele, abrí las cortinas para ver la oscura y solitaria calle cubierta de nieve. ¡Y ocurrió un milagro! Justo frente al hotel, había una plaza completa y esplendorosamente iluminada con grandes adornos de luz multicolor. La felicidad me volvió al cuerpo. El espectáculo ante mis ojos era tan hermoso que parecía irreal. Un verdadero oasis de luz y color en aquel desierto de oscuridad. Me lancé en carrera a la calle, para ver de cerca aquel lugar encantado.

Seguí curioseando calle abajo, entusiasmado. ¡Increíble! Todas las casas y árboles del pueblo estaban cubiertos de luces coloridas. No daba crédito a lo que veía. A medida que me internaba por las estrechas calles surgían ante mis ojos maravillas luminosas, que llenaban de magia la noche. Volví a cerciorarme de que no estaba alucinando.

Mientras disfrutaba, extasiado, la vista de aquel pueblo encantado, vi claramente la explicación de aquel extraordinario acontecimiento. Según mis humildes creencias, fue un pequeño milagro de fe. Coincidencialmente, ese día, 11 de febrero, era el cumpleaños de mi padre, quién, desde Venezuela, seguía con gran devoción paternal todos y cada uno de mis viajes en China. Para ese entonces, mi papá luchaba contra un cáncer de estómago, por lo que era sumamente importante para ambos mantenernos en contacto. Mientras pensaba en ello, y en que no podía hacer llamadas internacionales desde el hotel, conseguí un teléfono público y probé a llamar con una tarjeta usada que tenía en mi cartera, a sabiendas de que era muy difícil comunicarme con Venezuela desde aquel alejado paraje montañoso. Pero tenía que intentarlo.

“Aló”, ¡La voz de mi madre! Muy emocionado le conté brevemente lo ocurrido, e inmediatamente hablé con mi padre; lo felicité y con voz entrecortada le relaté aquella fantástica experiencia. Y él, con su voz muy debilitada por la enfermedad, pero aún cálido y protector, me dijo: “Hijo, sin importar la distancia, siempre estaré a tu lado. Esto es un milagro. Agradezcamos a Dios”.

Aunque, ciertamente, sentí gran nostalgia por mi padre y mi familia en Venzuela, regresé a mi habitación contento, invadido por una fuerte sensación de paz y bienestar.

Esa atmósfera mágica que envolvía a aquel pueblo en la montaña Lushan es sólo una muestra del encanto que encierra ese gran país que es China, tierra de hermosas costumbres ancestrales, y hogar de un pueblo dispuesto a compartir su rico legado cultural con los demás pueblos del mundo. Y aunque durante esa excursión a Lushan fue poco lo que pude relacionarme con los lugareños, tengo que agradecerles por cultivar esa bella tradición que me deparó una satisfacción tan grande.

Transcurridos cinco meses de aquella llamada, falleció mi amado padre en Venezuela. Sé que volveré a China, a recorrer sus caminos infinitos. Y aunque no sé si la vida me alcance para ver de nuevo el esplendor luminoso de Lushan, sé que siempre llevaré su magia conmigo, y en los momentos difíciles, recorreré nuevamente sus callecitas encantadas, y escucharé a mi padre decirme al oído : “Hijo mío, todo pasa por una razón; todo es para bien”.

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Namtso, “Lago del Cielo”

Septiembre 12, 2009 · Dejar un comentario

(Artículo de mi autoría publicado por la revista “China Hoy”, en septiembre de 2006)

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2006n/s2006n9/p49.html

    CHINA puso en funcionamiento el tan esperado tren transtibetano. Ahora, gracias a ese monumento de ingeniería y capacidad humana, viajeros del mundo entero podrán subir al “Techo del Mundo”, hasta ahora visitado por sólo unos pocos afortunados trotamundos.

    Con motivo de la inauguración de la colosal obra ferroviaria, el Gobierno chino ha divulgado información suficiente y detallada sobre los aspectos técnicos y los muchos beneficios que ésta traerá a la región autónoma del Tíbet, y a toda China. Por ello, en este número de septiembre, en lugar de ahondar sobre el particular, preferí compartir con mis amables lectores algunos cuentos de caminos de mi odisea por el Tíbet. De esta manera, quiero expresar mi felicitación y admiración al pueblo chino por ese importante logro para su país y el mundo, y por contribuir a la promoción y conservación de la deslumbrante altiplanicie tibetana.

    En el autobús que me llevó desde Lhasa hasta Damxhung, a los pies de las montañas que circundan al lago Namtso, conocí a un joven montañista y fotógrafo canadiense de 19 años, que también se dirigía hacia la impresionante masa de agua salada ubicada a 4.800 m sobre el nivel del mar. Éramos los únicos pasajeros con ese rumbo, así que automáticamente nos convertimos en compañeros de viaje. Al llegar a nuestra última parada, el muchacho canadiense, con bastante experiencia en montañismo, se mostró un tanto preocupado porque de ahí en adelante no había transporte público, y teníamos que viajar por nuestra cuenta. Inicialmente, quisimos contratar los servicios de alguno de los camiones que cruzan las montañas llevando y trayendo materiales y mercancías entre la meseta del Namtso y el mundo exterior. Pero el precio excedía nuestro reducido presupuesto de mochileros, así que lo convencí de echarnos a andar y pedir aventón.

    Al cabo de un buen rato de caminata bajo el sol, mi compañero me preguntó, un tanto inquieto qué haríamos. “Tranquilo”, le dije, “entre tus dioses y los míos nos llevan a donde sea”. Tal vez sea una casualidad, pero de ahí en adelante no faltaron aventones. Primero, paramos a un profesor chino de secundaria que se dirigía en su jeep a una población cercana, y que hablaba un poquito de inglés. Nos dejó en una encrucijada solitaria, deseándonos buen viaje, y proseguimos la marcha. Después, se detuvo un camionero que transportaba material de construcción. Su precio inicial era muy elevado, pero tras un arduo regateo –¡sólo regateando hablo chino fluido!– y considerando que nos encontrábamos en el medio de la nada, aceptó llevarnos la por una suma razonable, atrás, con carga. Tras varios minutos de recorrido, divisé un águila planeando majestuosa en el cielo; tal vez uno de nuestros dioses…

    A medida que ascendíamos por la montaña Nyanchen Tanglha y nos alejábamos de Damxhung, mis ojos se llenaban de imágenes que sólo había visto en libros de viajes y en mi imaginación, y que resultaron ser anuncio de visones aún más sorprendentes. Así fue como, serpenteando entre montañas rocosas, verdes praderas, y caudales cristalinos, llegamos a Lhachen La, punto más alto del camino, a más de 5 mil m de altura, donde mi respiración cesó ante la repentina y subyugante presencia del gran lago Namtso, “Lago del Cielo”.

    Hay experiencias en la vida que nos marcan profundamente, y los instantes de contemplación del Namtso en el Tíbet, perdurarán en mí por siempre. Se dice que en las elevaciones montañosas hay una gran concentración de energía vivificante. Aunado a eso, pienso que en la creación universal hay obras concebidas expresamente para asombro y maravilla de nosotros los mortales; para el goce del espíritu, y para recordarnos que somos infinita, pero maravillosamente, pequeños ante la grandeza de la madre naturaleza. El alucinante paisaje lacustre del Namtso es una de esas obras divinas. Se me antojó un cuadro, o un tapiz elaborado por el Creador, o también un espejo de dioses terrenos y celestes, que refleja todos los azules y verdes del cielo, el llano y los montes tibetanos. Y un elemento esencial de esa pintura celestial son los nómadas tibetanos. Amos y señores de ese paraíso terrenal, son los auténticos dueños de las majestuosas cumbres nevadas, de la llanura infinita; de las manadas de yaks y del gran Namtso, todo ello su fuente de vida material y espiritual.

 

Nos bajamos del camión en una aldea a las puertas del valle. Embriagados de tanta belleza, echamos a andar nuevamente. Esta vez nos recogió un vehículo policial en patrullaje de rutina. Los agentes, nos dieron una cordial bienvenida en chino y en inglés, y nos llevaron hasta el lago. Pasamos el resto del día como transportados, mudos de la impresión, absorbiendo cada detalle, cada instante en aquel lugar de ensueño. No me es posible hacerles un retrato hablado para describirles fielmente lo que vi y sentí. Es un lugar místico, simplemente. Por eso, hace cientos de años, monjes budistas cavaron un monasterio en un promontorio rocoso a las orillas del lago, que aún hoy es lugar sagrado de peregrinación.

    Al día siguiente me despedí de mi amigo alpinista, sabiendo que aquella experiencia trascendente nos había hermanado para siempre. Muy temprano, con el sol de la mañana, él se internó en las montañas, y yo salí de la región del Namtso rumbo a Qinghai. El único transporte turístico disponible partía a media mañana, y mi tiempo era muy limitado, así que tuve que ponerme a caminar una vez más. Después de mucho andar, con la sola compañía de mis pensamientos, el campamento era un punto difuso en el paisaje, y yo comenzaba a sentirme algo abrumado por la inmensidad de la llanura ante mí. En ese momento, me reconfortó el recuerdo de mi amado padre, fallecido dos meses antes, en mi país, Venezuela, y a quien me encomendé para emprender ese viaje a tierras tibetanas. Mi madre y mis hermanos me contaban como él -un espíritu aventurero- hacía suyas cada una mis aventuras aquí en China; siguiendo mis periplos en mapas y libros; acompañándome realmente con su mente y su corazón.

    En medio de mis recuerdos, me sobresaltó la súbita aparición de un perro tibetano a mis espaldas. Me asusté y permanecí inmóvil pensando cómo podría yo defenderme en caso de que me atacara. Sabía que en aquellos parajes hay perros salvajes, por lo que mi temor era justificado. Pero, rápidamente percibí que era un animal dócil y amigable. A partir de ahí me acompañó todo el tiempo; compartimos mi comida y le conté como fui a parar tan lejos. Cuando yo me detenía a descansar, mi nuevo compañero de viaje escudriñaba el horizonte, y de pronto salía disparado a toda velocidad al divisar algún ave, alejándose bastante de nuestro punto de ubicación. Siempre pensaba que no lo vería más, pero al cabo de un tiempo aparecía de nuevo a mi lado. Finalmente, paré un pequeño jeep de carga que se ofreció a llevarme gratuitamente. Mientras agitaba mi mano, despidiéndome de mi amigo canino y del gran lago Namtso sentí que, en efecto, siempre estuve guiado por los dioses y por el alma de mi padre, quien tal vez fue el águila, el sol, la luna, o, incluso, aquel fiel perro tibetano…

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Adios, melodías callejeras…

Septiembre 12, 2009 · Dejar un comentario

(Artículo de mi autoría publicado por la revista “China Hoy”, en noviembre de 2006)

 http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2006n/s2006n11/p68.html

      MIS muy amables y apreciados lectores, cuando lean este artículo ya habré dejado China, la que durante cuatro años fue para mí una especie de patria chica. Pero la dejo sólo en el plano físico, porque en el espiritual –donde sucede lo que trasciende realmente– una parte mia habitará aquí por siempre.

      Esta entrega –que ya no recibiré directamente en mi apartamento del Hotel de la Amistad de Beijing, sino por Internet, en Tokio– quise dedicársela a un personaje de la sociedad china que me deparó incontables momentos de solaz en el día a día de esta dinámica metrópolis que es Beijing: El músico callejero chino.

      Durante mi estadía en esta tierra de milenarias tradiciones, uno de mis placeres predilectos fue la música china, en todas sus formas. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que escuché la balada-pop china, por ejemplo. Viajaba en el vuelo París-Beijing, y me puse a escuchar música en el sistema de audio interno. Fue “amor a primera vista”. Las expresiones musicales de una cultura determinada revelan información valiosa sobre la personalidad de su pueblo, y al oír aquella sublime fusión de tradición y modernidad, exótica sonoridad de gran dulzura interpretativa, predije con exactitud: “Ese país me va a gustar”.

      En China, la existencia de los músicos callejeros es un tema sensible. La polémica gira en torno a si es aceptable o no su presencia en las calles de las grandes urbes chinas. Para algunos, ellos sencillamente son vagos, mendigos. Para otros –entre quienes me cuento– son “animadores” públicos, artistas de modestas capacidades musicales, pero de gran corazón. De hecho, no veo diferencias fundamentales entre los músicos profesionales y los de la calle. Los primeros tocan en bonitos escenarios para grandes públicos, los segundos tocan en su pequeño espacio para los apurados transeúntes. Pero, ambición más, ambición menos, brindan su música a la gente por gusto y por dinero.

      Puedo entender perfectamente que en una nación como China, en franco desarrollo, abocada a su exitoso proceso de reforma y apertura, y deseosa de mostrar una buena imagen al mundo, muchos se opongan a la existencia de los músicos de la calle. Pero, según mi parecer, con el control y la supervisión adecuados, puede evitarse algunos de los problemas más serios vinculados a dicha actividad, como la explotación y el abuso de los músicos por parte de terceros, y la condición de indigencia que presentan algunos. El gobierno chino debe ayudar y proteger a sus artistas callejeros, ya que son dignos exponentes de la hermosa cultura china, y, por tanto, merecedores también de sus glorias.

      En todos estos años en Beijing; recorriendo sus calles, confundiéndome con su gente, viviendo a su acelerado ritmo, me tropecé con todo tipo de propuestas musicales callejeras: Coros, solistas, instrumentistas y otros. Pero, me identifiqué especialmente con los músicos invidentes, valientes emuladores del legendario músico taoísta chino Hua Yanjun (1893-1950), mejor conocido como el Ciego Abing, quien tras perder la vista dedicó su vida a componer música y tocar en las calles. De la oscura invidencia de estos seres, brota música de luz para el alma. Ellos construyen remansos de paz a su alrededor, en medio de la bulliciosa ciudad.

      Me voy a otras tierras a vivir entre otras gentes, pero en cualquier ciudad que me encuentre, el recuerdo de esa música de ojos cerrados en rostro embellecido por la humildad traerá sosiego a mi corazón.

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Primavera en el cielo de Beijing

Agosto 31, 2009 · Dejar un comentario

(Artículo de mi autoría, publicado por la revista ¨China Hoy¨, en abril de 2006).

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2006n/s2006n4/p54.html

      En las regiones del mundo donde se producen las cuatro estaciones, la época primaveral es, quizá, la más esperada por todos, porque si bien cada estación tiene su encanto particular, la primavera es renacer, comienzo y despertar de vida en la naturaleza y en el corazón de las gentes, quienes, al liberarse de sus ropas de invierno para sentir del sol los rayos, también liberan su espíritu, ante la promesa de renovación que encierra la llegada de la primavera.

      Beijing no es la excepción. A finales de febrero, principios de marzo recibe la ansiada visita de la estación floral. Y, aunque en la próspera capital china los edificios también crecen como flores silvestres, el sentido de armonía y la creatividad intrínsicos del pueblo chino se conjugan para adornar la ciudad de belleza primaveral; se decoran todos los espacios urbanos disponibles, y Beijing se convierte en mosaico gigante de plantas y flores multicolores, para disfrute terreno y espiritual de los beijineses y los visitantes.

      Pero, no sólo las calles, las plazas y los parques capitalinos exhiben encanto primaveral; el cielo de Beijing también se llena de primavera, con centenares de coloridos cometas chinos. Gracias a la inventiva característica de la milenaria cultura china, se consiguen cometas en todas las formas imaginables. Los más populares y realistas – por su condición aérea – son las aves (este año predominará la golondrina, por ser una de las 5 mascotas de las Olimpiadas de Beijing 2008), los aviones y los cohetes espaciales chinos “Gran Marcha”. Pero, aquí en China no sólo vuelan animales y objetos alados, también vuelan dragones y leones chinos, y cualquier cosa que permita la imaginación, convirtiendo al cielo beijinés en un circo de magia y color.             

      Aunque volar cometas puede considerarse una actividad lúdica colectiva, es más bien una experiencia íntima entre el hombre y ese objeto volador que representa su deseo físico de volar como las aves, y sus sueños de trascendencia. Por ello, no es sólo el viento, sino la ilusión y la fe de su dueño lo que permite al cometa elevarse y mantenerse en el cielo. Yo, como espectador, comparto esa sensación, y cuando veo un cometa remontando las nubes, muy alto en el cielo, quisiera acompañarlo en su vuelo libre y sereno.  

Comunidad voladora de cometas 

      En la primavera de 2004, fui invitado por la Universidad de Beijing a asistir – en representación de los estudiantes extranjeros – a una competición de vuelo de cometas en un municipio en las afueras de la ciudad. Me sorprendieron gratamente la excelente organización del evento y la nutrida participación de competidores y espectadores de dicha comunidad. Inesperadamente, las autoridades locales me pidieron que dijera unas palabras (con traducción de la estudiante china que me acompañó). Acepté, honrado, pero sin saber qué podía yo a decir a aquellos expertos voladores de cometas. Mientras me entregaban el micrófono, vino a mi mente la letra de una canción tradicional infantil venezolana que habla, justamente, sobre cometas (“papagayos”, en mi país), y por ahí comencé… Al final, más confiado, les expliqué que en mi opinión esos eventos sirven para preservar y fomentar las tradiciones, y para promover las actividades de sano esparcimiento familiar en la comunidad.

      Al término de aquella pintoresca y animada competición,  me regalaron un bonito cometa chino y me hicieron volarlo. Y, aunque volé papagayos cuando niño, disto mucho de tener la pericia de los chinos (y, para ser justos, había muy poco viento), así que el público debió conformarse con el vuelo muy breve y rasante de mi cometa, mientras yo corría como loco tratando de elevarlo. ¡Al menos, se rieron bastante!

      Antes de despedirme, tuve oportunidad de compartir con personas de todas las edades (siempre con mi amiga traduciendo). En un momento, me vi rodeado por curiosos niños de entre 7 y 9 años de edad, ¡que hablaban inglés¡ Ante mi sorpresa, me explicaron que estaban aprendiéndolo para ayudar en las Olimpiadas de Beijing. Les manifesté mi sincera admiración y los felicité. Además, los exhorté a que en el futuro siguieran volando cometas y mejorando su inglés, para que China siga siendo un gran país y organice unas fantásticas olimpiadas.

      Cuando me despedía de aquellos encantadores niños chinos, se me acercó una pequeñita, y en un gesto que nunca olvidaré se quitó un bonito collar para obsequiármelo como recuerdo de aquel emotivo encuentro. Inicialmente me rehusé a aceptarlo, así que buscó a su mamá para que me convenciera. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y los niños me preguntaron por qué lloraba. La estudiante china les tradujo mis palabras: “Mis lágrimas son de pura alegría. Esta linda niña, y todos ustedes con su generosidad y ternura me hacen muy feliz”.

      Siempre pensé que los cometas requerían espacios abiertos y extensos para  poder volar. Pero, en Beijing, los voladores de cometas desafían toda lógica, y con increíble pericia logran elevarlos desde lugares imposibles: en medio de altos edificios, en plena avenida o entre los árboles. En Beijing, es común ver cometas solitarios volando entre edificios enormes, creando un contraste interesante entre la espesa selva de concreto y el bonito juguete volador que anuncia la primavera, y brinda sosiego a esta agitada metrópolis. Por esta época, desde las oficinas de traducción en el piso 8 del edificio de CCTV, ya diviso cometas en el horizonte, que también traen sosiego y alegría a mi espíritu en primavera.

 

Vuelo cultural del cometa chino 

      A la edad de 10 años, conocí el Barrio Chino de la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos. Entonces, la cultura china ya ejercía cierta fascinación en mí. Allí me antojé de un espectacular cometa en forma de dragón, con 10 metros de cola, y convencí a mis padres de que lo compraran. Recuerdo como si fuera ayer la gran sensación que causó aquel dragón volador en Venezuela, y los momentos felices que pasé junto a mi padre  viéndolo elevarse majestuoso en el cielo.

      Hoy, 30 años después, mis sueños de aventura, mi interés por la cultura china y el destino me trajeron a esta hermosa tierra, y deseo a sus habitantes que la prosperidad que ambicionan llegue tan alto como sus  cometas en los cielos de China. 

      Mi madre, quien vino a China en verano de 2004 a pasarse un mes conmigo por mi graduación, quedó fascinada con vitalidad de la cultura china y con la vigencia de sus ancestrales y hermosas costumbres. Ella se autodenomina “ciudadana del mundo”, y atribuye gran valor a la diversidad cultural de la humanidad. Así que me pidió que si escribía sobre los cometas, dijera que llevé a Venezuela el que me obsequiara aquella gentil y entusiasta comunidad beijinesa, para volarlo en los cielos venezolanos. Además de la dicha experimentada por mis amados sobrinos, Venezuela y China se unieron en un abrazo cultural, ya que con cada pirueta aquel cometa llenaba el cielo de mi país con la historia y la belleza creativa de esa milenaria tradición china.

      En esta estación de flores y canto de aves, también quiero ver la primavera en el cielo de Beijing, constelación de cometas multicolores contra el azul infinito, expresión de los sueños bonitos de esplendor y felicidad que alberga el noble pueblo chino.

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Percepción latina de la danza callejera China

Agosto 31, 2009 · Dejar un comentario

(Artículo de mi autoría, publicado por la revista ¨China Hoy¨, en diciembre de 2005).

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2005n/hoyo512/ps44.htm

Percepción latina de la danza callejera china

        LAS actividades recreativas proporcionan a los individuos el descanso físico y mental tan necesario para compensar la exigencia del trabajo y demás responsabilidades cotidianas; para lograr el equilibrio vital. Y, son, además, hechos culturales que revelan información valiosa sobre la personalidad de las gentes y de los pueblos que las cultivan.
      En mi condición de extranjero en China (venezolano y, por tanto, latino-caribeño), me he sentido atraído, entre otros aspectos de la cultura china, por algunas de sus formas de esparcimiento colectivo. Y aunque la intención de este modesto artículo no es entrar en profundidades antro-pológicas, si me permitiré sugerir que las actividades recreativas grupales del pueblo chino están impregnadas, como es de suponerse, de algunos de los sistemas de creencias y valores de la cultura china, como el taoísmo y el confucionismo, entre otros.
      Una de las manifestaciones lúdicas colectivas del pueblo chino que más cautiva mis sentidos son, definitivamente, sus “bailes de calle”, materialización de la musicalidad ostentada por la cultura china. Esas danzas callejeras, generalmente ejecutadas por personas de la tercera edad en parques, plazas, calles, estacionamientos, terrenos baldíos y en casi cualquier espacio disponible de las urbes y poblados chinos, son viva expresión de una herencia musical milenaria.
      Yo mismo pertenezco a una cultura marcadamente musical. Bailar es parte esencial de mi vida; lo hago desde que tengo uso de razón, o ¡tal vez desde mucho antes! En el Caribe, de donde vengo, “los bebés bailan antes de caminar”. Tal vez de ahí surja mi natural afinidad con la musicalidad intrínseca de la cultura china, reflejada en sus bailes de calle, así como en incontables géneros bailables tradicionales con una edad de siglos y hasta de milenios. Esa musicalidad está presente también en bailes más contemporáneos como el baile chino de “tres pasos”, y en el gran interés de la dinámica sociedad china actual por los bailes populares extranjeros.
      Mi atracción por las danzas callejeras chinas tiene otra justificación. Mi abuelo paterno – su alma fiestera descanse en paz – promotor del folklore de mi país y animador de las fiestas carnestolendas de su ciudad natal en la costa nororiental de Venezuela, me legó su herencia de cariño por las comparsas de carnaval venezolanas, las cuales guardan gran similitud con las danzas de calle chinas.
      Sin duda, esas danzas de calle me han proporcionado algunas de las experiencias más gratificantes en estos tres años en China. Son muchas las veces que he sido sorprendido por los bailadores callejeros de numerosas comunidades de Beijing y otras ciudades del país, que en su mayoría son jóvenes eternos de la tercera edad, que se entregan con pasión al ritual de la danza co-lectiva.
      La filosofía “mente sana en cuerpo sano” está muy difundida en este país asiático. Esto yo ya lo había percibido muchos años atrás, en los clásicos de kung fu del celuloide chino y, posteriormente, en el año 1990, cuando visité China por pri-mera vez y quedé fascinado con la imagen de los chinos, especialmente los ancianos, practicando “tai chi” por doquier. Actualmente, lo percibo cuando los veo ejercitándose, ma-yormente en grupo, en los parques acondicionados con aparatos de ejercicios, y también cuando disfruto los pintorescos bailes de calle. Y es que los bailadores se entregan a su pasatiempo predilecto con el misticismo y la disciplina propios de las artes marciales y los ejercicios físicos.
      Los bailes colectivos, al igual que otras actividades de índole social, deportiva, educativa y cultural practicadas en grupo, fomentan la unidad y la integración en las comunidades donde se realizan, incluyendo aspectos técnicos como la coordinación coreográfica, y aspectos humanos como la camaradería y el trabajo en equipo.
      La globalización y la acelerada modernización de la sociedad china plantean serios desafíos a la permanencia de las tradiciones culturales. Los gigantescos edificios que pululan a diario en las grandes metrópolis chinas son símbolo de una modernidad inexorable, y los bailes de calle chinos – realizados en medio de esos rascacielos – simbolizan una tradición que se niega a morir, defendida por los bailadores callejeros, quijotes de la cultura china.
      Las danzas de calle son componente esencial de la identidad cultural china. En ellas descubro la armonía taoísta y el espíritu unificador del confusionismo. Y aunque enfrentadas al desafío impuesto por la globalización y la modernización, siguen vibrando al ritmo de su milenaria herencia musical.
      Cuando veo a los bailadores de calle chinos en su hermosa fiesta de danza, al son de tambores y plati-llos, entro en una dimensión mágica donde no existe el espacio-tiempo; donde se entrecruzan mi cultura y la cultura china. En ese instante descubro que a pesar de las distancias, tenemos mucho en común. Más aún, percibo una relación estrecha entre algunas tradiciones culturales de nuestros respectivos pueblos y su vocación pacífica. Y hora, más que nunca, es imperioso que todos los pueblos de buena voluntad se reúnan en las calles del mundo a bailar en una sola danza de paz.

   

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Sueño oriental del hombre occidental

Agosto 31, 2009 · Dejar un comentario

      (Artículo de mi autoría, publicado por  la revista ¨China Hoy¨, en junio de 2005)

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2005n/s200507/p47.htm 

      Mientras más lejano es lugar de destino, y más diferentes nos resultan sus gentes, más emocionante es la aventura. Y es que en cada nuevo día entre nuestros nuevos anfitriones y nuevos parajes, nos aguarda la sorpresa, el descubrimiento…

       Algunos de mis amables lectores dirán que la aventura también incluye malos ratos y dificultades. Coincidimos a medias, ya que pienso que entre tanto asombro y maravilla diarios – producto de las marcadas diferencias culturales – los inconvenientes se diluyen; se hacen más pequeños, y pueden, incluso, desaparecer..

       Esas diferencias culturales también originan muchas situaciones interesantes y simpáticas, como la comparto con ustedes a continuación.

       Confieso que uno de los aspectos de otras culturas que más despierta mi curiosidad es sus mujeres. Pero, juro que mi fascinación por las féminas extranjeras es, fundamentalmente, antropológica. En el caso específico de las encantadoras mujeres asiáticas, la inmensa mayoría de nosotros los hombres occidentales tenemos una expectativa común: soñamos con el prototipo de mujer oriental enigmática, de ojos rasgados, piel blanca de porcelana y – muy importante – cabello muy largo, muy liso, muy oscuro, cayendo por la espalda cual cascada.

       Pero, entre la globalización y la muy humana condición de querer diferenciarnos del resto; de ser únicos, esa expectativa occidental masculina se hace cada véz difícil de cristalizar.

      Ya sea cuando camino por las calles beijinesas, cuando viajo en metro o en autobús, o cuando disfruto de una espumante “Tsingdao” en algún bar de San Li Tun, son cada vez más las bellezas orientales – chinas, mayormente – que veo luciendo estilos de cabello más occidentalizados: cabello rizado o muy, muy corto – a veces inexistente – o pintado de colores muy llamativos, en algunos casos, literalmente “electrizados”.

       Ellas, como es de esperarse, están muy a gusto con su “look” original; diferenciándose del montón; rompiendo esquemas. Pero, porque “todo es del color del cristal con que se mire”, nosotros sus admiradores de occidente, aunque seguiremos eternamente prendados de su enigmática femeneidad oriental, no nos sentimos muy contentos que se diga. Y, si bien muy tolerantes y respetuosos de los gustos ajenos – sobre todo cuando de mujeres se trata – siempre terminamos viendo el mundo con el cristal de nuestra propia cultura, y nos preguntamos: “¿Por qué quieren ser diferentes? Se ven tan hermosas con el cabello muy largo, muy liso, muy oscuro…”

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Miss Universo Stefanía Fernández y el secreto de belleza de las venezolanas

Agosto 26, 2009 · 2 comentarios

      Con esta interminable trama de odio y violencia, donde Venezuela es la víctima protagonista y Chávez es el malo de la película (el escrito no es sobre política. Les pido que sigan leyendo), es altamente terapéutico escribir sobre un acontecimiento tan positivo y alentador para nuestro país como el histórico triunfo de Venezuela en el Señorita Universo 2009. Claro, ignorando por un momentico la conducta acomodaticia del “Canal de la Belleza” frente al autoritarismo chavista.

      Así que, antes de revelar al mundo entero, de una vez por todas, la tan codiciada fórmula de belleza de las mujeres venezolanas, quiero enviar un beso y un abrazo de admiración, orgullo y cariño venezolano a su Majestad Stefanía Fernández, la mujer más hermosa del universo. ¡Salve, reina!

      Aprovecho, además, para expresar mi gratitud y reconocimiento a nuestra Señorita Universo saliente, la subyugante Dayana Mendoza, por representarnos tan impecable y dignamente durante su reinado. ¡Gracias, bellísima!

      Ahora sí. Llegó el momento de divulgar el muy deseado secreto, la fórmula mágica de belleza de las féminas venezolanas. Pero vamos a comenzar explicando, primero, lo que no es:

     No es tener una cara bonita.

     No es exhibir un cuerpo escultural.

     No es dominar el arte del modelaje.

     No es transmitir una imagen sexy.

     No es, ni siquiera, una combinación de todas las características anteriores. Aunque, lógicamente, si las concursantes reuniesen algunas o todas estas condiciones, tanto mejor. Después de todo, ellas compiten por una corona de belleza. Tienen que ser muy atractivas físicamente. Sin discusión.

     De hecho, la mayoría de esas muchachas son tan hermosas que tengo gran dificultad para decidir, en términos estrictamente estéticos, cuál es la más bonita, ya sea africana, asiática, europea, americana (norte, centro y sur) u oceánica. Pero, hay una cualidad indispensable mas no estética que debe tener quien aspire seriamente a ser reina de belleza universal, sin excepción: Una personalidad integral y atrayente que le confiera una “belleza total”. Debe cautivar “por dentro y por fuera”.

     Me disculpo con aquellas aspirantes a reinas, y mujeres en general que pensaron que el secreto era algo fácil de conseguir.

     Permítanme, antes de ahondar en el asunto, acotar que estoy casado (desesperadamente enamorado) con una mujer japonesa. Pero eso no me impide, en modo alguno, alabar, con justicia y conocimiento de causa, a mis queridas coterráneas venezolanas. “¿Y, entonces, por qué no te casaste con una mujer de tu país?”, me preguntarán, válidamente, mis amables lectores, y me pregunta la gente frecuentemente. “Me hubiera casado, feliz de la vida, con una venezolana, pero el destino me unió a una asiática encantadora”, es mi respuesta.

     Pero, entremos en materia. ¿De dónde surge ese magnetismo personal, esa “belleza total” que, comunmente, ostentan las candidatas venezolanas? Las 6 Miss Universo de Venezuela (sin contar las otras tantas Miss Mundo y Miss Internacional, que lo hacen el país con más títulos mundiales de belleza), junto a las muchas otras espectaculares soberanas latinoamericanas, y al creciente número de finalistas de esa región en los más recientes certámenes internacionales, evidencian un marcado gusto global por las beldades de América Latina. Y no sólo en los concursos de belleza.

     Sin pretender menospreciar la belleza integral única y valedera de las mujeres de otras culturas, me parece que al mundo, como un todo, le gusta, cada día más, la belleza y personalidad de las féminas latinas. Y en el caso que me atañe directamente, Venezuela, tanto las reinas como las mujeres comunes y corrientes, definitivamente están seduciendo a la humanidad completa con su cautivadora personalidad integral.

     En general, mis compatriotas son románticas, amorosas y sensibles, pero con gran fortaleza de carácter.

     Son por naturaleza alegres. Durante su juventud, como cualquier venezolano, pasan bastante tiempo en fiestas (¡son diosas del baile!) y demás actividades recreativas, sin que ello les impida cumplir con sus obligaciones familiares y académicas. Por ejemplo, cada a vez es mayor el número de jóvenes venezolanas que se gradúan en las universidades en forma destacada.

     Son madres y esposas abnegadas que aun son capaces de realizarse en el plano laboral o en actividades varias, llegando a brillar, incluso, lo que les proporciona equilibrio en sus vidas.

     Expresan su sexualidad sin complejos, pero sin excesos, logrando conjugar armoniosamente sus muy humanas inquietudes carnales y las espirituales.

     Exhiben una actitud moderada en sus valores y creencias, producto de la orientación mayormente católica de nuestro país, lo que las hace ver la vida con optimismo, fe y esperanza, lejos de fanatismos.

     Creo que los jueces de los concursos internacionales de belleza, y los representantes de los medios, luego de compartir por varios días con todas esas lindas muchachas, logran apreciar esta belleza cultural distintiva en la mujer venezolana (y en las latinas en general) expresada en su inteligencia, calidez, carisma, espontaneidad y desenvoltura que, entre otras virtudes, le han dado fama y reconocimiento en nivel mundial.

     Entiendo perfectamente a los millones de hombres de todo el mundo que caen rendidos a los pies de candidatas super sexys y despampanantes como las nuestras; verdaderos “bomboncitos tropicales” que poseen, además, gran entereza y sensibilidad, lo cual las hace simplemente irresistibles.

      En mi humilde pero experta opinión, todas mis compatriotas, sin distingos de clase social, religión, color de piel o grado de belleza estética, están hechas con el mismo molde; poseen la misma fibra humana. Por ello, hoy, al homenajear a mi deslumbrante paisana, su Majestad Stefanía Fernández y demás diosas de belleza que ha dado mi país al mundo, estoy, realmente, rindiendo un sincero y emocionado tributo a todas y cada una de las fabulosas mujeres venezolanas. ¡Dios las bendiga!

     Este escrito no podría estar completo sin el debido reconocimiento a toda la gente detrás de la muy eficiente y exitosa organización del Miss Venezuela. Pero, lamentablemente hay un “pero”. Aunque reconocemos el indiscutible protagonismo de Osmel Sousa en la historia triunfal de Venezuela en los certámenes internacionales de belleza, luego de verlo recientemente en un video en YouTube ninguneando, ofendiendo y maltratando verbalmente, con prepotencia y despotismo pasmosos, a las participantes en un casting para el concurso “Belleza Latina”, me abstengo de felicitarlo como correspondería en un caso tan especial. Y lo hago por una elemental razón de principios. Ni siquiera toda la merecida fama que él ostenta le dan derecho a tratar como basura y a humillar a mujeres que no satisfacen sus elevadísimos estándares estéticos.

     Osmel, imagínate cómo te hubieras sentido si en el pasado, cuando nadie te conocía, en alguna entrevista de trabajo el jefe te hubiera dicho, con la misma frialdad y menosprecio que hablas a esas esperanzadas jóvenes en el referido casting: “Aquí no aceptamos amanerados. Chao”. O tal vez, ya sabes de sobra lo que se siente ser discriminado por tu condición, y ahora te estás desquitando…

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