¿Es la amenaza de guerra de Chávez a Colombia un pote de humo para apartar la atención nacional e internacional del desastre que es la Venezuela actual, o “el mono con pistola” en el colmo de sus aberrantes deseos de protagonismo, busca realmente provocar un conflicto regional de repercusión mundial?
En el primer supuesto, la acumulación de problemas socio-económicos en estos 10 años de (des) gobierno chavista es tan enorme que ya ninguna sucia triquiñuela gubernamental puede taparla. Sin embargo, como resultado de tanto amagar belicista, el gobierno colombiano pudiera verse obligado a defenderse atacando primero, de manera preventiva, lo que sentenciaría el derramamiento de sangre entre pueblos hermanos.
En el otro supuesto, estaríamos ante uno de los líderes más perversos y desquiciados de la historia contemporánea.
Siempre he sostenido que, en teoría, así como a los abogados les gustan los tribunales, a los ingenieros las construcciones, a los doctores los hospitales y a los maestros las escuelas, por ejemplo, a los militares les gustan los campos de batalla. Algunos dirán que hay guerras necesarias para defenderse o lograr la paz, pero dicho argumento no tiene aplicación en el caso de Colombia.
En sus cínicas e infantiles explicaciones – a los compatriotas venezolanos desinformados - porque los medianamente informados de ambos bandos no creemos en cuentos sabanetinos – Chávez dice que su decisión de prepararse para una guerra con Colombia es la respuesta lógica a la amenaza que las bases militares estadounidenses en suelo colombiano representan para Venezuela. Pero, es muy fácil demostrar que Chávez ha estado gastando exhorbitantes sumas de dinero público venezolano en armamento bélico ruso, desde mucho antes que Colombia y EE.UU alcanzaran ese acuerdo, lo cual obligó al presidente Uribe a tomar medidas legítimas para proteger su suelo y su gente de un arranque de histeria y arrogancia de Chávez, traducido en incursión armada. Pero, durante todo ese tiempo, Uribe, fue lo suficientemente respetuoso, comedido e inteligente para no acusar a Chávez de estarse armanando para intimidar o atacar a Colombia. En cambio, el caradura barinés revela su absoluta falta de escrúpulos y su gran vocación destructiva al señalar a Colombia, ante el mundo, como un país agresor, porque el gobierno del presidente Uribe decidió dejarse de jueguitos diplomáticos y hacer lo que corresponde en defensa de sus intereses nacionales.
Como parte de sus maquiavélicos planes, recientemente el anticristo caribeño mandó a la Guardia Nacional de Venezuela a destruir unos puentes fronterizos, vitales para el robusto y por demás beneficioso intercambio comercial y cultural que durante muchos años han mantenido ambos pueblos hermanos en esa región limítrofe.
Las pujantes comunidades fronterizas a ambos lados de la fronetra, ejemplo claro de integración y hermandad colombo-venezolanas no le van a perdonar nunca al pistolero de Sabaneta este disparo mortal contra la prosperidad y la felicidad de sus habitantes.
Pero, esa hermosa experiencia de convivencia binacional pacífica y productiva (igual ocurre en el llano colombo-venezolano) es el resultado de un proceso histórico de relaciones entre pueblos vecinos amigos. Y aunque Chávez, voluntaria o involuntariamente, lleve a nuestros ejércitos a la guerra, nunca podrá romper los fuertes lazos integracionistas que atan a ambos pueblos. Y es posible predecir que de esas comunidades fronterizas hermanadas surgiría la mayor y más férrea resistencia a los delirios belicosos de Chávez.
Mis hermanos venezolanos, sobre todo los más pobres, deben saber que en el caso de una confrontación armada, los primeros en ir al frente de batalla a morir como “carne de cañon” serán los más pendejos, como siempre. Porque ni Chávez, ni sus ministros (incluido el de defensa), ni sus oficiales de alto rango, ni los funcionarios del gobierno, ni los familiares cercanos de todo estos boliburgueses van a acercarse ni por equivocación a la zona de combate. Pero, el tirano sabanero se jacta diciendo que el ejército venezolano es digno heredero de nuestro glorioso Ejército Libertador comandado por Simón Bolívar, Padre de la Patria y libertador de 5 naciones. Tal vez los inocentes, valientes y jóvenes soldados venezolanos merezcan heredar esas glorias, pero no la cuerda de oficiales chavistas nuevos ricos, entregados a la tarea de proteger sus fortunas malhabidas, ultrajando el juramento sagrado que hicieron a la patria (con muchas y muy honrosas excepciones, claro está). Supuestos soldados que más que un ejército forman una comparsita de tristes payasos uniformados.
El pueblo venezolano históricamente ha sido un pueblo de paz. Hasta hace pocos años, y por más de medio siglo fuimos la democracia – con todos sus defectos – más estable de América Latina.
El venezolano común y corriente sólo aspira a una vida de prosperidad y felicidad en unión de sus familiares y seres queridos, en un país pacífico y moderno. Chávez y los demás promotores de esta guerra, en cambio, sólo aspiran satisfacer sus muy egoístas y bajos apetitos de riqueza y poder.
No podemos permitir que esta pandilla de traidores se beneficie a costa de la sangre de nuestros muchachos y de nuestros hermanos colombianos.
Pero, si para satisfacer sus muy mundanos y enfermizos caprichos, Chávez finalmente obliga a miles de compatriotas inocentes a ir a morir injustificadamente, entonces será deber sagrado de todos y cada uno de nosotros, los venezolanos de justicia y paz, hacerle la guerra al autócrata desalmado y a su séquito de jalabolas cobardes, para lograr que algún día sean aplastados por todo el peso de la ley, y paguen caro su traición y su maldad.