(Tokio, septiembre de 2006)
Japón es uno de esos países que uno espera conocer algún día. En mi caso, por estar residenciado en China desde el año 2002, era sólo cuestión de organizarme para hacerle una visita a ese paradigma de gente amable, alta tecnología y cerezos. Pero, ni en mis sueños más fantásticos imaginé que mi primer viaje a tierras niponas sería para casarme con la mujer de mi vida. Así fue como el pasado mes de marzo viajé, en alas del romance, a la Tierra del Sol Naciente, para desposar a mi amada prometida japonesa, Michiyo.
A lo largo de mi vida he podido comprobar que el querer, en todas sus formas, tiene propiedades mágicas; funciona como una varita encantada que vuelve bonito todo lo que toca. Y esa magia de amor contribuyó, en gran medida, a la experiencia sin par que viví en Tokio.
Es sabido de todos que existen marcadas diferencias entre las culturas asiática y latina y, por ende, entre la japonesa y la venezolana. Por ello, a pesar de mi natural optimismo latino y mi confianza en la fuerza del cariño, no dejaba de inquietarme un poco el tan esperado encuentro con la familia de Michiyo. Ya ella me había advertido que sus padres son del tipo conservador; un tanto reservados, lo que contrasta con mi estilo más bien abierto y algo desenfadado. Pero, a pesar de todo, desde el mismo primer día, sus progenitores y su hermano me hicieron sentir como en mi casa; me brindaron calor de hogar. Y durante el mes que pasé entre los Mori, las distancias culturales se acortaron significativamente; nuestras diferencias se complementaron, generando una bonita y fructífera convivencia familiar intercultural.
Cuando relato esta experiencia única a mis familiares en Venezuela, y amigos en todo el mundo, para que me entiendan mejor les digo que el exquisito sushi y las pinturas tradicionales de mi suegra (que tiene ancestros samurais); los sabios consejos, el sake y las clases de kendo de mi suegro; las constructivas conversaciones con mi cuñado, y el amor de mi adorada Michiyo, me hicieron sentír como Tom Cruise en “El Último Samurai”.
Mi primer encuentro con Japón fue como una alucinación. Se combinaron mi embriaguez amorosa y la gran impresión que me causó Tokio con su ecléctica modernidad. Muchas cosas de esa deslumbrante metrópolis llamaron mi atención: su altísimo pero afable desarrollo, el gran civismo de su gente, el contraste entre sus gigantes rascacielos y sus templos; la tolerante convivencia entre el conservadurismo y el más reciente liberalismo social japonés; la mezcla de candidez y desenfado de las adolescentes en super-mini faldas, y, por supuesto, ¡la flor del cerezo!
Sabía que la flor del cerezo es un símbolo nacional de Japón, y ya Michiyo me había hablado, con floreciltas de contento en sus ojos, acerca de sus bonitos recuerdos de cerezos florecidos. Pero, algún día yo tenía que verlos, para entender realmente la devoción de los japoneses por este acontecimiento primaveral. La familia de mi esposa me explicó que, tal vez, los cerezos florecerían para principios de abril. Y yo tenía boleto de regreso a Beijing para el 30 de marzo. ¡Lastima! Durante mi estancia de un mes en Tokio percibí que éste es un es un hecho importante en la vida de los japoneses, quienes aguardan con ansia la llegada de ese obsequio de la primavera. Semanas antes, se muestran alegres y animados, recordando a cada instante que se acerca el tan esperado momento. Michiyo y su familia me contagiaron su entusiasmo; yo también quería ver florecer los cerezos. Pero, para entonces, ya yo estaría de regreso en China.
Curiosamente, esta primavera ocurrió algo inesperado: ¡los cerezos florecieron antes de tiempo! Fui privilegiado al poder disfrutar de ese maravilloso espectáculo natural, deleite para la retina y el espíritu. Un acontecimiento cultural único, los cerezos en flor son para los japoneses no sólo una primorosa manifestación de la primavera; simbolizan, sobre todo, la renovación del espíritu; anuncian tiempos felices. Durante dos semanas, nada más, la endiosada flor del cerezo comparte sus divinos encantos con los mortales, así que los japoneses disfrutan intensamente, dichosos y agradecidos, ese efímero regalo de los dioses.
Los residentes de Tokio, en particular, contemplan extasiados los cerezos que embellecen las avenidas de la ciudad; realizan todo tipo de actividades culturales alusivas al florido evento; organizan celebraciones familiares; visitan parques para tomarse fotos, y para tomar té y sake tumbados a la plácida sombra de un frondoso cerezal. Así, pues, constaté que en tierras niponas los cerezos florecen por doquier, pero descubrí que sus flores abren, principalmente, en el jardín que hay en el corazón de todos sus habitantes.
Este mi primer viaje a Japón fue mágico, sin duda. Me casé con la mujer de mi vida, que espera un hijo de nuestro amor; conocí a mi bonita familia japonesa y pasé con ellos unas vacaciones perfectas. Cualquier cosa que yo pueda decir aquí no haría justicia a esa gran experiencia.
Así que para finalizar, sólo diré que me gusta pensar que esta primavera en Tokio, los cerezales florecieron anticipadamente para mí, como un pequeño milagro de amor, en señal de que mi matrimonio con mi adorada esposa Michiyo; nuestro bebé en camino, y la unión de nuestras familias fueron bendecidos por el cielo con las hermosas flores del cerezo.
10 respuestas hasta el momento ↓
juan manuel // Julio 28, 2008 a 4:59 pm |
hola a mi me encantan los cerezos y pienso q tu anecdota es increible, lo que daria por que a mi me sucediera eso, saludos…
——-have a nice day——-
Angel Rafael La Rosa Milano // Febrero 9, 2009 a 2:16 pm |
Que tal Juanma! No respondo los mensajes. Tengo mis razones. Me disculpo sinceranente si hiero sentimientos sin querer. Pero esta vez, tremendamente inspirado por la cercanía del florecimiento de los cerezos aquí en Tokio, hago una excepción. Si te identificaste con esta historia y crees desesperadamente en la fuerza todopoderosa del amor, es fácil para mí predecir que te va a suceder algo incluso más alucinante. si es que no te ocurrió ya en el año que tardé en responderte. Eso sí, después nos cuentas… Gracias hermano de la vida.
teo // Enero 23, 2009 a 7:36 am |
Dios te ha bendecido,eres un hombre sensible y tu vida estara llena de recompensas
Angel Rafael La Rosa Milano // Febrero 9, 2009 a 2:26 pm |
Teo, si tengo esta inmensa dicha de recibir un mensaje tan noble y generoso, entonces acepto con la mayor humildad lo que dices: Dios me bendice. Y tu solidaria presencia en mi blog – y por ende en mi vida – es una de esas bendiciones.
Erika // Febrero 9, 2009 a 1:46 pm |
Me encantan los cerezos,tu historia es preciosa, como me gustaria algundia ver este maravilloso paisaje, que Dios te bendiga
Angel Rafael La Rosa Milano // Febrero 9, 2009 a 2:35 pm |
Erika, no puedo decir, a ciencia cierta, si verás este fantástico paisaje en particular. Pero tu alma es sensible y bondadosa, lo que sin duda hará que tus ojos y tu corazón vean portentos de belleza mientras vivas. Recibo agradecido tus bendiciones y te las regreso multiplicadas.
Daphney // Marzo 25, 2009 a 9:39 pm |
Que historia tan hermosa, espero alguna vez ser bendecida con la oportunidad de vivir una experiencia como esta…. Felicidades!!!
Angel Rafael La Rosa Milano // Marzo 29, 2009 a 5:03 am |
Daphney, tu sentir sobre mi historia me llena de contento. Por favor, mantén vivo tu anhelo en la mente y en el corazón, con fe ilimitada, y serás bendecida.
Beatriz // Junio 6, 2009 a 12:30 am |
No me conoces, entré a tu página por casualidad, porque me encantan los cerezos y quería saber un poco más de quienes tienen la oportunidad de contemplarlos florecidos, soy de Colombia y leí tu historia, quiero decirte que me parece bueno ver que has podido disfrutar tu vida y encontrar lo que quieres, me gustó tu relato, es muy bonito y demuestra lo afortunado que eres.
Angel Rafael La Rosa Milano // Junio 6, 2009 a 12:32 pm |
Beatriz, a mis vecinos colombianos, y a todos los latinoamericanos, los considero mis hermanos. ¡Que viva Colombia! No nos conocemos, y, tal vez, no nos conozcamos nunca. Pero esa casualidad del destino, que mencionas, propició este significativo encuentro virtual, este instante de comunión. Tu solidaria afirmación de mi fortuna al vivir esta experiencia, y todas las palabras bondadosas que he recibido por este escrito son, sin lugar a dudas, consecuencia del amor que me trajo a Japón y que me inspiró a escribir esas líneas, hace ya poco más de 3 años. Aprovecho para contarte, con la mayor humildad del mundo, pero con gran alegría y agradecimiento eterno a Dios, que mi adorada esposa japonesa y yo tenemos una bendición de hija de 2 años y 8 meses, que es la más viva, clara y hermosa expresión del querer ilimitado que nos une. Ese mismo querer genuino que mantiene la humanidad llena de vida y esperanza, a pesar de tanto odio y maldad.
Y hablando de otra cosa, “Bea”… no sabes cómo te envidio – muy sanamente, eso sí – que mis ídolos Shakira, Carlos Vives, Juanes, y muchos otros talentosísimos músicos colombianos internacionales, hayan nacido de aquel lado del Arauca. ¡Tu pueblo es grande, hermana mía!