(Traducido por el realizador del blog, Angel Rafael La Rosa Milano, “angelucho“)
Conciudadanos,
Me presento hoy ante ustedes honrado por la tarea que se me ha encomendado; agradecido por la confianza que han depositado en mí, y consciente de los sacrificios hechos por nuestros antecesores. Agradezco al Presidente George Bush por su servicio a nuestra nación, así como por la generosidad y cooperación que me ha brindado durante esta transición.
Hasta ahora, 44 estadounidenses han hecho este juramento presidencial. Estas mismas palabras han sido pronunciadas durante mareas de prosperidad y paz, pero, en muchas ocasiones, el juramento también se ha realizado en medio de nubarrones y fuertes tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha salido adelante, no sólo gracias a la visión de sus gobernantes, sino gracias a que Nosostos – la gente – hemos permanecido fieles tanto a los ideales de nuestros padres fundadores como a la constitución que nos legaran. Así debe mantenerlo esta generación de estadounidenses.
Todos entendemos que estamos en medio de una crisis. Nuestra nación está en guerra contra una red de violencia y odio difícil de enfrentar. Nuestra economía está muy debilitada, como resultado de la avaricia e irresponsabilidad de algunos, pero, también debido a nuestra falta colectiva en tomar las decisiones difíciles, y en preparar a la nación de cara a una nueva era. Muchos compatriotas han perdido sus viviendas, los empleos han disminuido y los negocios han cerrado. Los servicios médicos son demasiado costosos, las escuelas no dan cabida a todos, y, con cada nuevo día, se pone en evidencia que nuestra forma de usar los recursos energéticos fortalece a nuestros adversarios y amenaza al planeta.
Estos son indicadores de crisis, tal como lo reflejan datos y estadísticas. Más difícil de medir, pero, no menos determinante, es la pérdida de confianza a lo largo y ancho de nuestro país; un temor latente en que el declive de Estados Unidos es inevitable, y en que la próxima generación debe bajar sus expectativas.
Hoy, les digo que las dificultades que enfrentamos son reales, muchas y muy grandes; que no se resolverán ni fácilmente ni a corto plazo. Pero, quiero que sepan esto, estadounidenses: resolveremos esas dificultades.
Hoy, nos reunimos porque hemos optado por la esperanza y no por el miedo; por la unidad de propósitos y no por el conflicto y la discordia.
Hoy, venimos a proclamar el final de las mezquindades y las falsas promesas, de las recriminaciones y los dogmas obsoletos que por tanto tiempo han asfixiado a nuestra política.
Aún somos una joven nación, pero llegó el momento de poner fin a la estupidez; llegó el momento de reafirmar nuestro espíritu fuerte; de escribir una mejor historia, de entregar a nuestros sucesores ese valioso legado, esa noble idea transmitida de generación en generación, la promesa divina de que todos somos iguales; todos somos libres, y todos merecemos la oportunidad de alcanzar la felicidad plena.
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, entendemos que la grandeza nunca es regalada; debe ganarse. El nuestro nunca ha sido un camino de atajos o de conformismo; no ha sido un camino para los débiles que prefieren el ocio ante el trabajo, o que buscan únicamente los placeres de la fama y la riqueza. Por el contrario, ha sido el camino de los arriesgados, de los hacedores, de los constructores, algunos famosos, pero, generalmente, hombres y mujeres que realizan su labor en silencio, llevándonos por el largo y arduo camino de la prosperidad y la libertad.
Por nosotros, ellos empacaron sus pocas pertenencias de valor, y cruzaron océanos en busca de una nueva vida.
Por nosotros, ellos trabajaron soportando explotación, y se establecieron en el Oeste; resistieron el azote del látigo, y bregaron en tierras áridas.
Por nosotros, ellos lucharon y murieron, en lugares como Concord, Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.
Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon, se sacrificaron y trabajaron hasta romper sus manos, para que nosotros pudiéramos tener una mejor vida. Ellos visualizaron unos Estados Unidos más grandes que la suma de enuestras ambiciones individuales, más grande que nuestras diferencias de origen, condición económica o ideología.
Este es el camino que seguimos recorriendo hoy. Seguimos siendo la nación más poderosa y próspera de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó la crisis; nuestras mentes no son menos creativas; nuestros bienes y servicios no son menos requeridos que hace una semana, un mes o un año. Nuestra capacidad permanece intacta. Lo que sí llegó a su fin es el tiempo de la protección de intereses mezquinos, y del aplazamiento de las decisiones difíciles. Ese tiempo ya pasó, definitivamente. Comenzando desde hoy, tenemos que levantarnos, sacudirnos el polvo, y comenzar de nuevo la reconstrucción de los Estados Unidos de Norteamérica.
En cualquier lugar que posemos la mirada hay trabajo que hacer. La situación económica requiere una acción inmediata, rápida y audaz. No sólo para crear nuevos empleos, sino para sentar las bases del crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las conexiones eléctricas y las redes digitales que requieren nuestras empresas y que requerimos nosotros para comunicarnos. Le devolveremos a la ciencia su lugar de prominencia, y produciremos adelantos tecnológicos para elevar la calidad del sistema de salud y reducir sus costos. Utilizaremos el sol, el viento y el suelo como combustibles de nuestros vehículos y de nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y universidades para satisafcer las demandas de la nueva era. Todo esto podemos hacerlo. Y vamos a hacerlo.
Ahora bien, hay quienes cuestionan el tamaño de nuestras ambiciones; quienes sugieren que nuestro sistema no puede tolerar muchos planes ambiciosos. Ellos olvidan con facilidad. Han olvidado todo lo que ha logrado este país hasta ahora; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une al objetivo compartido, y la necesidad al coraje.
Lo que los conformistas no entienden es que llegó el momento del cambio; que los obsoletos argumentos políticos que nos han consumido por tanto tiempo ya no funcionan. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno es grande o pequeño, sino si ese gobierno trabaja; si es capaz de ayudar a las familias a encontrar trabajos con una paga decente, servicios médicos asequibles, una jubilación digna. Cuando la respuesta es sí, seguiremos avanzando. Cuando la respuesta es no, los programas se paralizarán. Y aquellos de nosotros encargados de administrar los dineros públicos serán responsables ante los ciudadanos, gastando el dinero sabiamente, erradicando los malos hábitos, y haciendo negocios con absoluta transparencia, porque sólo así podremos restablecer la confianza entre la gente y el gobierno.
La pregunta tampoco es si el mercado es una fuerza del bien o del mal. Su poder de crear riqueza y expandir la libertad no tiene parangón. Pero esta crisis nos ha enseñado que sin un ojo vigilante, el mercado puede operar sin control, y que una nación no puede prosperar en forma duradera cuando sólo favorece a los ricos. El éxito de nuestra economía ha dependido no sólo del tamaño de nuestro pruducto interno bruto, sino del alcance de la prosperidad; de nuestra habilidad para extender las oportunidades a todos quienes las busquen. Y no por una cuestión de caridad, sino porque es la mejor vía hacia el bien común.
Y en lo que atañe a nuestra defensa común, nosotros rechazamos tener que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres fundadores enfrentaron vicisitudes que apenas si podemos imaginar. Redactaron una constitución que garantiza el imperio de la ley y los derechos de hombres y mujeres; una constitución ratificada por la sangre de generaciones. Aquellos ideales aun son luz para la humanidad, y no los vamos a abandonar sólo por oportunismo. Y así para todos los demás pueblos y gobiernos que nos están viendo hoy, desde las grandes capitales hasta la peqeña aldea donde nació mi padre: sepan que los Estados Unidos de Norteamérica es amigo de cada nación, cada hombre, cada mujer y cada niño que persiga un futuro de paz y dignidad, y que estamos listos para liderar de nuevo.
Recuerden que las generaciones pasadas derrotaron al facismo y al comunismo no sólo con misiles y tanques, sino con sólidas alianzas y convicciones. Ellos entendieron que nuestro poderío no es suficiente para defendernos, y que éste no nos da derecho a hacer lo que nos plazca. Ellos sabían que nuestro poder crece cuando es usado con prudencia; que nuestra seguridad se alcanza si la causa que defendemos es justa, con la fuerza de nuestro ejemplo, y con humildad y moderación.
Notros somos lo herederos de este legado. Guiados por estos principios, una vez más, podemos enfrentar las presentes amenazas que exigen aun mayores esfuerzos, aun mayor cooperación entre las naciones. Comenzaremos entregando el control de Irak a sus ciudadanos, y haciendo todo a nuestro alcance para construir la paz en Afganistán. Con viejos amigos y antiguos enemigos trabajaremos incansablemente para reducir tanto la amenza nuclear como el peligro del calentamiento global. No nos disculparemos por nuestro estilo de vida, pero tampoco lo defenderemos a ultranza. Y a aquellos que intentan lograr su objetivos mediante el uso del terror y asesinando a personas inocentes les decimos hoy que nuestro espíritu es más fuerte y no puede ser doblegado. Ustedes no pueden dominarnos. Nosotros los derrotaremos.
Nuestra herencia es la fortaleza, no la debilidad. Somos una nación de cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas y ateos. Estamos moldeados por todas las lenguas y las culturas. Y como hemos sufrido las tragedias de la guerra civil y la segregación, y hemos emergido de ese triste capítulo más fuertes y unidos, no podemos sino creer que algún día olvidaremos los antiguos odios; que las líneas divisorias pronto desaparecerán; que mientras el mundo crece más pequeño, nuestra propia humanidad será revelada; que Estados Unidos debe desempeñar su papel como forjador de una nueva era de paz.
Le digo al mundo musulmán: buscamos un camino hacia el futuro, basado en el respeto e interés mutuos. A los líderes mundiales que buscan generar conflictos, o culpabilizar a Occidente de los males de sus países, les digo: sepan que sus pueblos los juzgarán por lo que Ustedes puedan construir, no por lo que destruyan. A aquellos que llegan al poder mediante la corrupción, el engaño, y acallando las voces de la disidencia les digo: sepan que están en el lado equivocado de la historia, pero que les extenderemos la mano si Ustedes están dispuestos a aflojar el puño.
A los habitantes de los países pobres les digo: queremos trabajar junto a Ustedes para hacer que sus cultivos florezcan, y brote agua fresca; para saciar el hambre de los cuerpos y las mentes. Y a las naciones que, como la nuestra, disfrutan de relativa abundancia les digo: no podemos seguir siendo indiferentes al sufrimiento que habita más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin considerar las consecuencias, ya que el mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él.
Al ver el camino que se abre ante nosotros, recordamos con inmensa gratitud a aquellos bravos estadounidenses, quienes, en este preciso instante, patrullan inhóspitos desiertos y montañas lejanas. Ellos tienen algo que decirnos hoy, lo mismo que han susurrado por generaciones nuestros héroes caídos que descansan en Arlington. A todos ellos les rendimos tributo, no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque ellos encarnan el espírtu de servicio; la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y, en este momento – un momento que definirá a una generación – ese espíritu, precisamente, debe habitar en todos y cada uno de nosotros.
Más allá de todo lo que pueda y deba hacer el gobierno, es la fe y la determinación del pueblo estadounidense lo que, a fin de cuentas, sostiene a nuestra nación.
Es la solidaridad de alguien que da cobijo a un extraño cuando se desbordan los ríos, y de unos trabajadores que prefieren reducir sus horas laborales para que su compañero no pierda el trabajo lo que nos salva en los momentos más duros. Es el coraje de un bombero que sube por unas escaleras llenas de humo, y también la voluntad de los padres al velar por sus hijos lo que, finalmente, determina nuestra suerte.
Nuestros actuales retos tal vez son nuevos. Las herramientas con que los enfrentamos tal vez son nuevas, pero, lo valores de los que depende nuestro éxito – trabajo duro y honestidad, coraje y juego limpio, tolerancia y curiosidad, lealtad y patriotismo – han existido siempre y son reales; han sido el motor silente del progreso a través de nuestra historia. Lo que se requiere, entonces, es que nos reencontremos con esas verdades. Lo que se espera de nosotros es una nueva era de responsabilidades, la aceptación por parte de cada ciudadano estadounidense de que tenemos deberes para con nosotros mismos, nuestra nación y el mundo; deberes que aceptamos no con renuencia sino con buena disposición, con la convicción de que no hay nada más gratificante para el espíritu, más definitorio de nuestro carácter, que darnos completos para cumplir una difícil tarea.
Este es el precio y la promesa implícitos en la noción de ciudadanía.
Esta es la fuente de nuestra confianza, saber que Dios nos hace el llamado a forjarnos un destino que luce incierto.
Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo: que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias puedan sumarse a esta celebración, en este majestuoso recinto, y que un hombre cuyo padre, hace menos de 60 años, no hubiera podido entrar a un restautante local pueda hoy presentarse ante Ustedes para hacer un juramento tan sagrado.
Vivamos este momento, pues, recordando quiénes somos, y lo lejos que hemos llegado.
En el año del nacimiento de Los Estados Unidos de Norteamérica, durante un gélido invierno, un pequeño grupo de patriotas era calentado por una agonizante fogata a las orillas de un río congelado. La capital estaba abandonada. El enemigo seguía avanzando. La nieve estaba manchada con sangre. En un momento cuando se albergaban grandes dudas sobre la suerte de la revolución, el padre de nuestra nación ordenó que estas palabras fueran repetidas por todos:
“Que el mundo del futuro sepa … que en medio del invierno, cuando sólo pueden sobrevivir la esperanza y la virtud … la ciudad y el país, amenzados por un peligro común, se unieron para enfrentarlo”.
Pueblo estadounidense, de cara a nuestros peligros comunes, en éste nuestro invierno de dificultades, recordemos estas palabras imperecederas. Con esperanza y virtud enfrentemos valientemente las heladas corrientes, y resistamos la tormenta. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba no desistimos de nuestra misión; que no vimos hacia atrás y no dudamos; y que con los ojos fijos en el horizonte, y con la gracia de Dios acompañándonos, logramos avanzar llevando el invaluable legado de libertad, para entregarlo, en forma segura, a las futuras generaciones.
1 respuesta hasta el momento ↓
Jennt // Enero 23, 2009 a 2:19 am |
Asi te ayude Dios.