Una historia de valentía y pundonor

      

         El pasado 10 de enero, cumplió 45 años de vida en los mundos infinitos mi hermano del alma y ángel protector, Eduardo Alfonso Roque Suárez, cariñosamente el “Negro Roque”, Capitán del Ejército Venezolano, y quien muriera trágicamente en la flor de la vida, dejando al partir amigos, familiares, una esposa y una hija que nunca lo olvidarán.

 Para celebrar el nacimiento del Negro Roque, así como su breve pero fulgurante paso por nuestras vidas, hoy quiero referirle a mis amables lectores una historia suya.

Pero antes, permítanme acotar que para el momento de la muerte de Eduardo, sus padres ya habían fallecido. La madre, en un accidente automovilístico, cuando él tenía unos 9 años de edad, y el padre, por problemas de salud a una edad ya avanzada. Lo comento por el detalle inquietante de que en ocasiones Eduardo nos decía a sus amigos cercanos, “yo sé que voy a morir jóven”. Y aunque él manifestaba que sería “por arma de fuego” (imaginamos que el suponía que las posibilidades eran relativamente altas considerando que era militar, que en esos años estaba destacado en la frontera, y que efectivamente había tenido algunos enfrentamientos con la guerrilla), perdió la vida en un accidente vial, igual que su madre. Yo soy de los que piensan que, tal vez, sus padres vinieron a buscarlo…

La aventura del curso de paracaidismo militar

En el año de 1982, mientras Eduardo y yo cursábamos el 4to. año de secundaria en el Liceo Militar de Puerto Píritu, Edo. Anzoátegui (“General de División José Antonio Anzoáteguí”), lo convencí, tras mucho insistirle, de que en esas vacaciones de julio-agosto (para pasar al 5to. año) nos enroláramos el curso de paracaidismo militar que todos los años, por esos meses, se impartía en el Regimiento de Paracaidistas Aragua, en la ciudad de Maracay.

En nuestra condición de alumnos del 4to. año de un liceo militar (en Venezuela, quienes aprueben el 4to. y el 5to años de la secundaria castrense pagan el servicio militar obligatorio) podíamos optar a un permiso especial por parte de la máxima autoridad del regimiento de paracaidistas, para recibir el entrenamiento junto a los cadetes de la Academia Militar de Venezuela y a otras unidades élites del ejército.

Finalmente, fuimos aceptados. En nuestro caso particular, ayudó mucho el hecho de que mi difunto padre, quien para ese entonces era Teniente Coronel activo de la Guardia Nacional, también había sido paracaidista, y de paso compañero (en la escuela básica) y paisano del comandante del regimiento para esa época.

Aun recuerdo bien la mezcla de euforia y temor que sentíamos El Negro y yo, aquella apacible madrugada estival, cuando caminábamos a paso vivo y en silencio, desde nuestra habitación de hotel en el Círculo militar hacia la sede del cuartel donde nos aguardaban los instructores, los futuros compañeros y una experiencia que nos marcaría a ambos por siempre. Aunque de muy distintas maneras…

Emoción y temor. Esas sensaciones encontradas se justificaban plenamente. Estábamos a las puertas de una insuperable aventura, pero sabíamos de sobra lo fuerte que era aquel entrenamiento, y que una vez adentro seríamos tratados como soldados, con todo el rigor de los paracaidistas militares, sin contemplaciones de ninguna especie. A eso hay que agregarle que para ese entonces Eduardo y yo apenas teníamos 16 años de edad. El más joven de nuestro grupo (nos pusieron con reclutas de una unidad de operaciones especiales) tendría por lo menos 18 años, edad mínima requerida para hacer el servicio militar en Venezuela. De hecho, no pocos instructores y cadetes (estos últimos, aunque eran nuestros compañeros aprendices, también eran nuestros superiores y teníamos que obedecerlos) se oponían a que liceístas menores de edad hicieran el curso, por considerar, no sin algo de razón, que no estábamos preparados para tan alta exigencia, ni física, ni mental ni militarmente. Mi propio padre, una vez que le manifesté mi deseo de realizar el entrenamiento, me recomendó que esperara por lo menos dos años más, para tener más fortaleza física y más madurez. Y ante mi insistencia, me preguntaba frecuentemente si estaba seguro de querer hacerlo. Eduardo y yo sufriríamos en carne propia los constantes y decididos intentos de aquellos incrédulos superiores por demostrar, en nosotros dos, la validez de su teoría.

Así fue como comenzamos el emocionante, pero “temible” curso de paracaidismo militar. Para aquellos aspirantes sin una fuerte motivación, y sin un vehemente deseo de saltar del avión, ese entrenamiento resulta poco menos que una sesión de tortura física y mental diaria, que bien puede durar todo el mes comprendido entre el primer día de práctica y el último salto del avión. En mi caso, había muchísimas ganas. En el caso de Eduardo, no tantas. Sin embargo a él le parecía muy interesante, y eso era suficiente motivo para intentarlo. En cuanto a los ejercicios corporales, a mi encantaba el deporte y la actividad física en general. Eduardo, aunque poseedor de unas condiciones físicas innatas era más bien flojo para el deporte. De muchacho, sólo rendía en unas pocas disciplinas que le gustaban mucho, y nunca se esforzaba más de lo necesario. Por ejemplo, recuerdo que en el período de adaptación del Liceo Militar (tendríamos unos 11 años), durante una práctica de nado el fácilmente nos sacó a todos una piscina de ventaja, sin mucho esfuerzo. Ya más grandecitos, durante las vacaciones veraniegas o fines de semana en la playa del pueblo, él siempre me ganaba con cierta facilidad nadando y sumergiéndonos mar adentro. Y era un muy fuerte contendor en tenis de playa, también. Precisamente, gracias a sus grandes condiciones de nadador, siendo capitán del ejército completó un curso de submarinismo, y fue un buzo destacado.

Otro recuerdo que viene a mi mente es que cuando Eduardo cursaba el primer año de la Academia Militar, y yo el primer año en la universidad, coincidimos en Pto. Píritu durante unas vacaciones, y decidimos probar fuerzas trotando. En los 5 años que estudiamos en el “Anzoátegui”, él nunca me llegó ni siquiera cerca en una carrera de velocidad o de fondo. Pero en ese duelo de resistencia alrededor del pueblo, bajo el inclemente sol piriteño, fui yo quien quedó rezagado detrás de un irreconocible – por atlético – Negro Roque. Eso decía mucho de su potencial deportivo y su competitividad que, tras estar en calma en su adolescencia, hiceron erupción posteriormente.

Volviendo al paracaidismo, para no aburrirlos con los detalles sólo diré que, como esperábamos Eduardo y Yo, el curso resultó ser sumamente duro desde el primer momento. Pero no estábamos dispuestos a rendirnos en las primeras de cambio. Aunque, desde el principio quedó claro que a él le costaría más superar la exigencia física y mental de nuestras extenuantes rutinas diarias, fundamentalmente porque su motivación no era tan fuerte como la mía. Yo, desde niño quise imitar las “proezas” militares de mi papá. En parte por eso ingresé al Liceo Militar, y decidí hacerme paracaidista. El Negro Roque, en cambio, como digo al principio, decidió hacer el curso prácticamente convencido por mí. La diferencia entre nuestras respectivas razones era enorme. Y aventurarse a pasar por semejante prueba de resistencia sin verdaderas ganas era muy cuesta arriba, una temeridad.

Sin embargo, a pesar de su escasa motivación (varias veces me manifestó su deseo de abandonar), Eduardo logró superar, no sin muchas dificultades, las dos primeras semanas, que constituían la fase inicial del curso. Para mí la más exigente, por la dureza de las pruebas físicas y la gran cantidad de contenido teórico. Cuando se lo proponía, el “flojo” Eduardo obtenía resultados más que satisfactorios. En la parte teórica, por cierto, él no tuvo  problema alguno. Al contrario, siempre estuvo entre los mejores del grupo.

En esos días llegábamos “destruidos” a nuestra habitación del Círculo Militar; apenas con fuerzas para bañarnos. Y de los 10 minutos que aguantábamos despiertos, 8 se me iban convenciéndolo de que no desistiera.

Otro factor que aumentaba la indecisión de Eduardo era que nosotros dos, al venir de un liceo castrense, teníamos potestad para retirarnos en cualquier momento que quisiéramos. Una enorme ventaja, si consideramos que tanto los cadetes como los soldados estaban obligados a completar el entrenamiento, so pena de ser dados de baja inmediatamente, en el caso de los cadetes, o de ser encarcelados, en el caso de los soldados. Eso aparte del estigma que por incapacidad o cobardía debían sufrir para toda la vida.

Así pues, aun en contra de su propia voluntad, Eduardo sobrevivió la durísima primera mitad del curso de paracaidismo. Aprovecho para contar que, en lo particular, yo llegué a llorar un par de veces debido al extremo agotamiento de mi cuerpo. Pero, en esos casos me las ingenié para ahogar mis sollozos y secar mis lágrimas antes de ser descubierto. Y también recuerdo que en esos momentos de abatimiento corporal y cerebral, me imaginé lo extremadamente reconfortante que sería saltar del avión. De hecho, algunas veces, en pleno entrenamiento, se podían divisar a lo lejos paracaidistas saltando del avión, y esa fantástica imagen contra el cielo azul, me daba fuerzas para seguir adelante.

la torre maldita 

En teoría, en las siguientes – y últimas – dos semanas, disminuiría un poco la exigencia física; los ejercicios no serían tan “destructivos”, para enfocarnos en la simulación del salto del avión (desde una torre de 14 metros), en la simulación de la caída o contacto con el suelo tras el salto en paracaídas (infinitas repeticiones, por el peligro que encierra una caída defectuosa), y en la consolidación de los importantísimos conocimientos teóricos (de los cuales puede llegar a depender la vida).

Con el fin de afianzar toda la teoría aprendida a lo largo del curso, los instructores usaban los pocos y breves momentos de descanso entre las prácticas físicas (incluyendo la hora de comida) para bombardearnos con preguntas repentinas. Sólo disponíamos de 3 segundos para pensar la respuesta y comenzar a responder. Si nos tardábamos más de lo establecido, éramos castigados con ejercicios corporales adicionales, al final de los cuales nos hacían repetir la respuesta en voz alta, hasta el cansancio, para garantizar que la próxima vez respondiéramos correcta y rápidamente. Se estima que 5 segundos es el tiempo máximo que podemos tardar en reaccionar a una posible emergencia durante el salto (falla del equipo, lo que es muy inusual, o falla humana, más frecuente), y poner en práctica el conocimiento que salvará nuestra vida. En otras palabras, el olvido de una medida de emergencia puede significar la muerte. Por ello los instructores deben ser inflexibles al inculcar dichas medidas a los futuros paracaidistas.

Así las cosas, avanzamos a la segunda fase. La desafiante torre esperaba por nosotros. El fin de semana previo, Eduardo y yo pasamos bastante tiempo conversando al respecto; preparándonos mentalmente. Aunque ambos coincidíamos en que lo peor había pasado, nos habían advertido que la torre podía ser una prueba en verdad atemorizante. En efecto, era el mayor obstáculo ( a veces insalvable) para no pocos aspirantes. Me tocó saltar primero. Logré superar la prueba. Eduardo, por su parte, no pudo con el gigante de 14 metros… Lanzarse al vacío desde esa altura no es nada fácil. Ni siquiera sabiéndose sujeto por arneses. Particularmente, a mí el salto del avión me resultó placentero en comparación con el salto de la torre. Durante los días que estuvimos practicando en el torreón metálico, perdí la cuenta de los compañeros que vi llorando atemorizados, y de los otros que vi lesionarse por saltar aparatosamente producto del miedo.

Pero, volviendo al Negro Roque, aunque no logro recordar muy bien, me parece que él ni siquiera quiso intentarlo. Antes de que llegara su turno, sencillamente les informó a los instructores que no iba a saltar y que se retiraba inmediatamente del curso. No faltará quien me acuse de querer favorecer demasiado a mi hermano Eduardo si trato de justificarlo en una situación como esa. Pero creo sinceramente, y contrario a lo que piensa la mayoría, que hay que tener valentía para admitir serenamente que algo nos atemoriza, sobre todo en situaciones tan extremadamente comprometedoras como las que se presentan en los simulacros de operaciones militares. Por mi parte, en tan difícil momento para él, yo sólo le di un abrazo y le dije “tranquilo, hermano. Te apoyo. haz lo que creas correcto”.

“Rajucho”

 Pero aquí no termina esta historia. Aquí, comienza realmente. Yo finalicé el curso, y regresé muy orgulloso y contento al l liceo, con mi placa de paracaidista en el pecho. El Negro, a pesar de que pasó algún tiempo teniendo que explicar reiteradamente a propios y extraños por qué abandonó el curso de paracaidismo, tuvo la entereza suficiente para enfrentar la incómoda situación, y pasar la página.

Tras un año de aquella importante – aunque distinta – experiencia para ambos, finalmente nos graduamos de bachilleres en ciencias del Liceo Militar, con lo cual nos convertíamos automáticamente en reservistas del ejército. Yo decidí entrar a la universidad, y Eduardo, para mi sorpresa y la de muchos ¡decidió ingresar a la Academia Militar!

Estimados lectores, como dije antes, la verdadera historia que quiero contarles comienza aquí, pero no la voy a escribir; tienen que imaginársela a partir de unas breves acotaciones que haré sobre lo que fue la vida del Negro Roque una vez que ingresó a la escuela de oficiales del ejército.

Comenzaré contándoles que los cadetes del 4to año (el curso superior de la Academia, y por lo tanto “padrinos” de los aspirantes) que recibieron a la promoción de Eduardo eran los mismos cadetes con quienes habíamos coincidido en el curso de paracaidismo, un año atrás. Es decir, lo reconocieron inmediatamente como el liceísta que se acobardó en la torre, y desde el mismo primer día lo bautizaron como “el rajucho”, calificativo que se da en los medios castrenses a quienes fallan las pruebas de valor; “el cobarde”, simple y llanamente.

 Es fácil suponer lo que fue el primer año de el Negro Roque en la Academia Militar. Para cualquier “nuevo” (cadete del primer año) el periodo de adaptación y ese primer año en general es una experiencia bastante exigente en todos los sentidos. Y para alguien considerado rajucho unánimemente, como Eduardo, debe haber sido algo muy cercano al infierno. Sin embargo, recuerdo perfectamente que en ese entonces cuando yo le preguntaba sobre la vida en la academia, si bien me contaba que el curso superior no le daba respiro, no se quejaba gran cosa. Una clara muestra de su temple.

Así pasó el primer año, y llegó el segundo, cuando los cadetes de la Academia Militar hacen el curso de paracaidismo. Creo que yo, otras amistades, y algunos compañeros de promoción del Negro (especialmente los 14 que se graduaron con nosotros en el Liceo Militar y entraron a la Academia con él) estábamos más expectantes – por no decir angustiados – que él mismo por el desenlace de esa difícil y crucial prueba. La enfrentaría por segunda vez en su vida. Y los antecedentes no eran nada alentadores. Además, esta vez estaba en juego algo más que la hombría, que ya sabemos que es algo muy subjetivo. Estaba en juego su carrera como oficial del ejército, su futuro.

Apurado como estoy de finalizar esta interesante y ejemplar historia, sólo referiré que Eduardo Alfonso Roque Suárez, cariñosamente el Negro Roque, “el rajucho” en la Academia Militar, mi hermano del alma y ángel protector, fue el más destacado de aquel curso de paracaidismo; el Número Uno entre los más de 200 integrantes de su promoción, y fue distinguido con el premio “Espíritu de Paracaidista”.

Pero no voy a ensalzar más a Eduardo. Ya expresamente les di algunos detalles de ese duro entrenamiento. Ahora, Ustedes, amables lectores, saquen sus propias conclusiones, considerando las condiciones tan fuertes y adversas que él debió enfrentar en esa “segunda oportunidad”.

Sólo los hombres como Eduardo “el Negro Roque” pueden protagonizar una historia de valentía y pundonor como esta.

Ángel Rafael La Rosa Milano

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~ por Ángel La Rosa en enero 19, 2011.

5 comentarios to “Una historia de valentía y pundonor”

  1. 1. el cuando muere tenia el rango de capitan, el egreso de la AMV en julio del 87 como stt en el 90 asciende a tte el tenia que ascender en el 95 ya que para ese entonces habian cambiado la antiguedad para los ascensos de oficiales, el fallece en el 95 en semana santa

    2. cuando el muero esra plaza de 413 batallon blindado pedro leon torres acantonado en valencia carabobo en la 41 brigada blindada, venia de hacer el curso de cazador internacional en la escoe ubicada en cocollay sucre, la unica vez que estubo en frontera fue en bravos de apure en mara zulia frontera con colombia,

    como te repito mi intension no era ofenderte sino corregirte algunas cosa, gracias por escribir de mi tte roque, la verdad fue algo gratificante, no te conosco pero debes de ser como el la misma estirpe el me conto mucho de sus años en el liceo militar, siempre lo molestaba con esa etapa, el se defndia, de el tengo muchas anecdotas, por tu trabajo la verdaderes tremena persona, un saludo hermano y disculpa si te ofendi

    • José, una vez más decidí publicar tus mensajes (no estoy obligado a hacerlo), para que mis amables lectores alrededor del mundo, saquen sus propias conclusiones sobre tus comentarios. Insistes en que “tu intención fue corregirme algunas cosas” y señalar lo que “consideras inexacto”. Pero en esto último que me muestras tampoco hay absolutamente nada que contradiga mi versión. Lo que sí ofreces son datos cronológicos precisos – mas no correcciones – de las actividades profesionales del “Negro Roque”. Detalles por cierto que me sé de sobra (de hecho conozco muchos datos de su vida personal y profesional que, por razones obvias, tu no estás en capacidad de conocer) pero que no incluyo en mi escrito por no ser relevantes para el fin ulterior de la historia. Es decir mi texto no es una crónica minuciosa de la vida profesional y personal de Eduardo, sino que aborda algunos pasajes, de manera general, que demuestran su “valentía y su “pundonor”. Dicho esto, pienso que, o tienes una confusión entre las palabras “corrección” y “precisión”, o simplemente quisiste llamar la atención, en lo cual sí tuviste éxito, debo admitir. Para finalizar, ¿aun estás activo? ¿cual es tu postura política? Yo soy un radical anti-chavista y anti-madurista, por supuesto.

  2. mucho gusto en saludarte, de antemanote digo que si eres amigo d emi tte Eduardo Alfonso Roque Suarez demas esta decir que lo eres, te puedo decir que el fue el mejor oficial que pudo dirigirme, era un lider, amigo, un hombre con cojones yo fui unos de sus sargento que estubo con el en la toma de la base aerea de palonegro aquel fatidico 04 de febrero de 1992, yo llegaba al 602 gcm plaza en san juan de los morros y el llegaba del bravos de apures yo venia del grupo gomez, te dire que fue una grata experiencia el conocerlo, a su esposa vivian y su hija victoria que para aquel entonces no cumplia un año aun, disculpa si no fue la foma correcta de corregirte, ya que tu escrito me da mucho gusto porque cuenta la historia de un grande, despues de leer este reportaje y contestarte en la noche soñe o asi por decirlo contacto con mi tte roque, conversamos un poco sobre su entierro a lo mejor tu diras que es un cuento pero te juro que si fue muy real
    pero te voy a empezar por detallar lo que considero fue inexacto:

    1.

  3. como estas amigo, de esta historia hay muchas cosas que no son asi como las cuentas, a lo mejor diras que porque soy un grosero que te estoy diciendo eso, solo te dire que ese dia de su muerte yo lo despedi a las i a las 05 pm y al dia siguiente a las 6am un soldado de apellido colina que estaba de guardia de cadena en la prevencion nos recibio con tan amarga noticia, claro hay cosas que escribistes que son reales pero otras no, de todas manera agradecido por hacerme recordar a mi tte (blind) eduardo alfonso roque suarez

    • Hola José, no te conozco. Antes de aceptar tu amistoso saludo – sé que lo haces por cortesía – debes identificarte, del mismo modo que todos los visitantes del blog pueden identificarme plenamente si van a mi perfil. De cualquier manera, en caso de que aun no lo sepan, soy Ángel Rafael La Rosa Milano, establecido en Japón, Cuidador de ancianos y de personas con necesidades especiales, CI: 6843255. Decidí aprobar tu mensaje para darte la oportunidad de explicar qué cosas “no son así como las cuento”, “no son reales”. Por cierto, no entiendo en que cambia mi historia el hecho de que, según mencionas, tú hayas despedido a Eduardo (QEPD) un día a las 5 de la tarde y que te hayan dado la noticia de su fallecimiento el otro día, a las 6 de la mañana. Del mismo modo que te animaste a decir que mi historia es inexacta, espero que seas responsable y expliques dónde están las inexactitudes. Hasta entonces.

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