LICEO MILITAR GRAL. DIV. JOSÉ ANTONIO ANZOÁTEGUI (PUERTO PÍRITU, VENEZUELA). ALGUNAS REFLEXIONES, EN EL 30 ANIVERSARIO DE LA VII PROMOCIÓN, “BICENTENARIO DEL NATALICIO DEL LIBERTADOR”

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La Rosa Milano Ángel Rafael (diciembre 2007)

 

Cuando retrocedo en el tiempo 30 años, llegando al lustro que pasé en el Liceo Militar Gral. Div. José Antonio Anzoátegui, “Limijanzo” (1978-1983), el balance que, en retrospectiva, hago de esa experiencia es positivo, definitivamente. Allí transcurrió mi inquieta etapa adolescente, por lo que esa vivencia como liceísta militar me marcó de por vida.

Características adquiridas en el Liceo, tales como la disciplina, la responsabilidad, la independencia, la camaradería, la competitividad, etc., son valores que hacen la vida más productiva y llevadera. Sin duda.

En este año 2013, mis compañeros de curso y yo cumplimos 30 años de graduados. Por eso quise escribir estas modestas reflexiones. Considero que la, de por sí, enriquecedora experiencia del internado castrense pudiera ser incluso más constructiva, si las autoridades y el propio alumnado observasen con mayor atención algunos de los aspectos más problemáticos que pueden presentarse entre los jóvenes estudiantes.

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La Rosa Milano Ángel Rafael (julio 1983)

 

CIGARRO
El fumar cigarrillos es un vicio de carácter global, muy dificil de combatir, ya que siendo la nicotina una substancia tan adictiva las empresas cigarreras obtienen ganancias exhorbitantes producto de su comercialización, lo que les permite, a su vez, ser cada vez más poderosas y eficacez en la captación de nuevos consumidores (mayormente adolescentes), y en la retención de los habituales.

Cabe destacar que antiguamente no se tenía conocimiento del carácter altamente nocivo de la nicotina, de su condición cancerígena, así que el fumar no tenía mayores repercusiones de tipo social; no era percibido como un problema de la salud pública. Actualmente, aunque ha sido identificado como un vicio altamente peligroso, es masivamente practicado por hombres y mujeres de todas las edades.

Diversos factores contribuyen a que un número elevado de personas adquiera el vicio a una edad temprana, antes de alcanzar la adultez. Por ejemplo, muchos menores ven en el cigarrillo un medio para aparentar más edad, o fuman porque tal vez, en verdad sienten que ya son suficientemente grandes para hacerlo. También están quienes lo hacen por pura rebeldía juvenil, o por mera curiosidad, o por la tentación de hacer algo prohibido, o por mostrarse fuertes de carácter. Y, existen, incluso, jóvenes que se llevan un cigarro a la boca por primera vez ya que tienen más opción; son prácticamente forzados por el enotrno en el que crecen.

Otra causa es lo que que llamaremos “condicionamiemto grupal”. Un gran número de adolescentes se inicia en el hábito de fumar porque son inivitados a hacerlo por grupos de amigos. Ya sea en el vecindario, en el liceo, o en fiestas, por ejemplo. No aceptar, muy posiblemente, podría conllevar a que los renuentes sean marginados por el resto, con lo que experimentarían un fuerte sentimiento de rechazo, algo muy duro para cualquier muchacho, pero sobre todo para aquellos de personalidad si se quiere influenciable.

En todos los casos mencionados, la maquinaria tabacalera con todo su poder mediático-propagandístico contribuye grandemente a que los jóvenes caigan en la adicción más rápidamente. Prueba de ello es que, sin importar cuan conocidas y contundentes son las evidencias científicas sobre los grandes perjuicios del fumar para la salud, cada vez vemos más adolescentes fumando.

Tomando en cuenta lo anterior, no hay que sobredimensionar la situación de un menor de edad fumador, aun siendo éste alumno de un liceo militar, ya que conocemos bien los muy diversos e influyentes factores que pudieran propiciar la adquisición de tan perjudicial hábito.

Pero, aunque no se deba estigmatizar a los liceístas casterenses que incurran en la falta de fumar dentro de las instalaciones del Liceo, sí debe sancionarse al infractor con justa severidad; debe aplicársele los correctivos pertinentes, por las consecuencias negativas de tipo disciplinario, a nivel de la salud (las autoridades del Liceo deben actuar conjuntamente con los padres en la búsqueda de soluciones médicas) o de otra índole que acarrea dicha acción. Y porque de no controlarse a tiempo, el afectado pudiera convertirse, además, en un foco de propagación del vicio en otros alumnos.

DROGAS
En Venezuela el consumo de drogas es un delito, por lo que si un alumno militar incurre en dicha falta debería ser objeto de expulsión inmediata, y en casos graves, incluso, debería ser puesto a la orden de las instituciones competentes, para que se tomen las medidas correctivas y clínicas del caso. Esto con el fin último de proteger la integridad física, mental y moral del implicado, y de evitar que éste pueda afectar a otros compáñeros.

Si bien es cierto que en algunos paísises del mundo, como Holanda, por ejemplo, la sociedad y sus leyes se muestran tolerantes con el consumo de “drogas blandas” (marihuana, entre otras), hay que insistir firmemente en que en Venezuela está prohibido el uso de cualquier droga.

Durante nuestros años en el “Anzoátegui”, apenas si conocimos pocos casos de drogadicción entre alumnos, algunos de los cuales fueron detectados por el estudiantado y reportados oportunamente a la oficialidad. Pero otros permanecieron encubiertos, con la desafortunada cooperación de un sector del mismo estudiantado. Esto amerita una profunda reflexión.

Algunos de los jóvenes con propblemas de dorgas logran infundir cierto respeto y temor entre los demás muchachos – especialmente los de años inferiores – por su imagen de “chicos malos”, lo cual, valga la acotación, no es necesariamente cierto. Un adolescente adicto a las drogas es, por sobre todas las demás consideraciones, un joven desorientado que necesita urgentemente nuestro aopyo y la ayuda de la sociedad entera.

Entre otras causas – igual que ocurre con otros productos adictivos como el cigarrillo y el alcohol, por ejemplo – un adolescente puede verse tentado a probar las drogas por rebeldía, curiosidad, fuerte influencia del entorno, etc..

Pero hay que advertir aquí que los jóvenes deberían estar en capacidad de saber que las drogas son dañinas tanto para su salud como para su integridad personal, y que el uso y el tráfico de dichos productos tóxicos están expresamente prohibidos por las leyes venezolanas. De hecho, por esta última razón, generalmente, los drogadictos, para satisfacer su urgencia de consumo, tienen que adentrarse en ambientes peligrosos – especie de “submundos” de irregularidades y vicios – que suponen un permanente e inmenso riesgo para ellos.

El instinto de superviverncia, y una mal entendida lealtad llevan a muchos alumnos a mantener la “boca cerrada” ante faltas graves cometidas por algún compañero, como el consumo de drogas, por ejemplo. Esto pudiera parecer lógico. Nadie quiere para sí la etiqueta de “soplón”, “acuseta”, etc., que recibe quien delata a un infractor. No es fácil. Los estudiantes conviven a diario con sus compañeros, y reportar a alguién con la superoridad pudiera “costarle caro”: enemistad, señalamientos; amenazas; burlas; violencia física, etc..

ALCOHOL
Los venezolanos, tradicionalmente, hemos sido fuertes consumidores de alcohol. Venezuela se cuenta entre los países del mundo con mayor consumo de bebdias alcohólicas. Hace unos 20 años, me alarmó una estadística que ubicaba a Venezuela como el segundo paíes en consumo de alcohol a nivel mundial, sólo superado por la extinta Unión Soviética. Esto explica, en parte, que un gran número de jóvenes venezolanos ingieran alcohol, por primera vez, durante la adolescencia, y que comiencen a tomarlo regularmente antes de alcanzar la mayoría de edad, 18 años, según las leyes venezolanas.

En algunos casos, las primeras experiencias de los jóvenes con bebidas alcohólicas ocurren – sin mayor peligro – en el seno del hogar, bajo la vigilancia de los representantes, lo cual puede ser visto como algo normal e inofensivo, y es socialmente aceptado. Pero en otros casos, los adolescentes se inician en el alcohol sin la debida supervisión, lo que pudiera traer como resultado consecuencias negativas, situaciones de peligro, lo que, en todo caso, constituye una falta tipificada en las leyes venezolanas.

En lo que respecta al Liceo Militar, además de ser una institución formadora de modelos de juventud, se rige por las leyes civiles y militares de la nación, por lo que se espera la estricta aplicación de la disciplina en el particular, sobre todo considerando que los alumnos son menores de edad.

Es por ello que, sin importar cuan tolerado pueda ser el comsumo etílico en nuestro país, y del consentimiento familiar que pudiera tener algún alumno para “beber”, quienes incurran en dicha falta deberán ser sancionados con la mayor severidad, especialmente si existiera el agravante de que ofrecieron o compartieron la bebida a otros compañeros.

PROBLEMAS RELACIONADOS CON LA HOMOSEXUALIDAD
Debo aclarar, antes que nada, que para mí las relaciones homosexuales en sí mismas no constituyen un hecho condenable. El problema se presenta cuando éstas ocurren en circunstancias indebidas, como en el ámbito del internado militar, por ejemplo.

Aunque en ocasiones me asaltan dudas sobre si es “espiritualmente correcto” que los seres humanos mantengan relaciones homosexuales (religiones como la católica, y cristianas en general, por ejemplo, condenan duramente la homosexualidad), en principio, acepto esa condición como una opción más dentro de la sexualidad humana. Sin embargo, las relaciones de esa naturaleza no pueden tolerarse en un liceo castrense, bajo ningún concepto. Las razones son más que obvias. De hecho, recuerdo que en el “Anzoátegui” (y asumo que en los demás liceos de su tipo) ni siquiera se permitían expresiones inocentes de amor heterosexual, como abrazos, agarre de manos, etc.. Es decir, no se permtían las “parejitas”, al menos dentro de las instalaciones.

En adición a las razones propiamente morales y disciplinrias están las legales: según las leyes venezolanas se es mayor de edad a los 18 años. En consecuencia – y en teoría- es a esa edad cuando podemos iniciarnos en el sexo.

Como es de suponerse, en un lugar donde conviven a diario tantos muchachos varones, existe la posibilidad de que ocurran intercambios homosexuales, tanto de mutuo acuerdo como forzados (donde un alumno obliga a un subalterno o a otro alumno de carácter débil a tener sexo). Huelga decir que esto último constituye un crimen de abuso y violación sexual, y debe ser tratado como tal.

Es por lo antes expuesto que, en los liceos militares, deben extremarse las medidas preventivas, tales como supervisión y orientación, entre otras, con el fin de evitar que ocurran actos de esa índole.

Pongámonos, por un instante, en el lugar de aquellos padres que meten a sus muchachos en un liceo militar porque consdieran que es la mejor y más segura opción para su educación integral. De hecho, hay padres que lo hacen porque le notan al hijo cierta “conducta afeminada” (en pleno siglo XIX esto no debería ser motivo de problema para ningún joven u hombre en general), esperando, humanamente, que dicho comportamiento desparezca bajo la disciplina militar. ¿Cómo se sentirían esos padres si se enteran de que los hijos, muy contrariamente a sus expectativas, mantuvieron relaciones sexauales con otros alumnos o, peor aun, fueron abusados – o abusaron ellos – sexualmente? ¿Cómo afectará esa situación a los jóvenes involucrados? ¿Qué impacto tendrá en sus vidas adultas?

HURTOS
Robar o “apropiarse de los ajeno contra la voluntad de su dueño” es una mala acción. De hecho, constituye un pecado en la gran mayoría de las religiones. Por ejemplo, en el cristianismo, uno de los “pecados capitales”, la avaricia/codicia, describe al robo entre otras acciones condenables. Asimismo, uno de los “10 mandamientos” que conforman la “Ley de Dios” para judíos y cristianos dice expresamente: “No robarás”.

Los internados militares, aunque pueda pensarse lo contario, por la disciplina y la seguridad que los caracteriza – o debería caracterizarlos – pueden llegar a ser un “paraíso” para rateros, en ausencia de la supervisión y vigilancia adecuadas.

Por ejemplo, en una oportunidad supimos de un estudiante (con una conducta bastante problemática que incluía la drogadicción) quien, gracias a su amistad con un alumno superior que tenía las llaves de su dormitorio, entraba libremente en éste en horas no permitidas – comida, clases, deporte, etc. – dedicándose a forzar las cerraduras de armarios ajenos, para sustraer las pertenencias de sus dueños, con la mayor tranquilidad e impunidad. Cabe destacar que, nosotros, tras saber de esa irregularidad, inmediatamente pasamos la novedad a las autoridades del Liceo.

Otro caso (del cual nos enteramos luego de graduarnos) involucraba a un alumno del 5to. año, el Curso Mayor. Éste, era portador de una alta jerarquía, lo cual le permitía la entrada a su dormitorio a su antojo, aprovechando para hurtar, sin que nadie sospechara de él.

Igualmente, algunos alumnos entraban de noche a la cocina para robar comida.

Tras salir del Liceo, también tuvimos conocimiento (mediante rumores que, admitimos, nunca quisimos confirmar) de un grupo de estudiantes que se robaron unos exámenes, para lo cual violaron la puerta de la sección académica y sustrajeron el material de los escritorios de los profesores.

Esta última infracción es doblemente grave: por el acto de robar y por el acto de cometer fraude. Hay que hacer énfasis en que los supuestos infractores, estarían engañando a sus familiares, a sus compañeros (especialmente a aquellos que se preparaban honesta y duramente para las pruebas), a sus profesores, a la institución, y, principalmente, a sí mismos, lo cual es, en verdad, sumamente triste.

En definitiva, son muchas las modalidades de robo que pueden darse en un liceo militar.

Es un hecho desafortunado que siempre hay individuos, quienes, de no haber suficientes y mejores mecanismos de control, se dedican a robar a sus anchas. Esto es sencillamente inaceptable en un internado castrense.

Con respecto a las denuncias por parte del alumnado, es fundamental que se permita el anonimato, para evitar que los denunciantes puedan ser objeto de represalias.

Hay jóvenes quienes, al ingresar al liceo, ya traen consigo el hábito de robar. Otros, en cambio, lo adquieren dentro de la propia institución, sonsacados por otros alumnos. Huelga decir que, de no detectarse y sancionarse prontamente esos estudiantes pudieran verse tentados a hurtar frecuentemente. Es decir, se convertirían en ladrones, simple y llanamente. Y más grave aun, en el seno de un liceo miliciano.

Por cierto, durante mi estancia de 5 años en el Liceo Militar, yo mismo fui blanco de hurtos en varias oportunidades.
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No hace falta explicar las gravísimas repercusiones que esas inexcusables acciones tendrían en la vida de los jóvenes delincuentes. Eso aparte del daño causado a las víctimas de los robos y al Liceo como un todo.

Hay quienes consideran ese condenable hábito como una travesura de muchachos. No nos llamemos a engaño. Quien roba asiduamente es un ladrón, y debe ser tratado como tal. Aquellos estudiantes que sean señlados por robar tienen que recibir un castigo proporcional a su grave falta, acompañado, por supuesto, de la devolución de las pertenencias hurtadas o el pago de las mismas. Si el alumno sólo incurre en la falta una vez, debe dársele la oportunidad de enmendar su error, luego de aplicársele la sanción correspondiente. Pero, si se descubriera que delinquió repetidamente o que reincide tras ser castigado, éste debería ser expulsado ipso facto. Lógicamente, teniendo siempre presente que ese muchacho necesita, además de los correctivos necesarios, orientación y apoyo para que pueda superar su problema y llevar una vida recta.

A esta reflexión le falta algo para ser completa: mi confesión, con muchísima vergüenza y arrepentimiento, de un hurto que yo mismo perpetré en la tienda de golosinas del Liceo Militar. En honor a la verdad, a estas alturas, no puedo recordar si logré sustraer los productos o fue un intento fallido. Pero, lo que cuenta es mi mala intención de robar. Por ello aprovecho para pedir perdón públicamente. Pueden leer todo el relato en mi blog SOL: tu-sol.com/2013/04/26/hija-yo-me-porte-mal.

Si me hubieran descubierto, habría sido justo que me aplicaran la sanción más severa.

EVASIONES

Una de las faltas que, en nuestra opinión, ameritaría arresto severo o expulsión inmediata  es la evasión de las instalaciones del Liceo, sobre todo por los muchos riesgos que implica para la seguridad personal de los alumnos, y por la inmensa responsabilidad – penal, incluso –   que tendrían las autoridades si algo llegase a ocurrirle a los muchachos que se evaden.

Durante nuestro tiempo en el Limijanzo, supimos de contados casos de alumnos que llegaron a fugarse del Liceo por la noche (regresando en la madrugada). Valga acotar que un par de veces llegamos a enterarnos de boca de los propios infractores, y que, aun a sabiendas de que era una falta muy grave, guardamos silencio, por aquella siempre mal entendida “lealtad” hacia los compañeros. En cualquier caso, el nuestro era un silencio cómplice que también ameritaba algún tipo de sanción, ya que nos hacía parcialmente responsables de la falta y de sus posibles consecuencias negativas para la integridad física y moral de los escapados.

Un factor que facilitaba las evasiones nocturnas (al menos en aquellos años) era la ubicación geográfica del Liceo. Su parte norte, específicamente, consistía en un terreno baldío, muy extenso, que daba a la playa, y el cual carecía de iluminación, casi en su totalidad, por lo que en las noches, un 90 % del mismo se encontraba completamente a obscuras. Aunado a esto, el muro separador que determinaba los límites de las instalaciones era relativamente bajo, fácil de traspasar.

Si bien ese y demás sectores del Liceo contaban con vigilancia diurna y nocturna, suministrada por el personal de tropa naval apostado en el “Anzoátegui” para esas funciones, por las noches resultaba muy difícil que, durante el patrullaje de rutina,  pudieran detectar a potenciales fugados, en la extensa explanada norte.

En aquella época, en nuestra condición de jóvenes, estábamos en capacidad de entender perfectamente el componente de aventura “extrema” que tenían aquellas evasiones para los infractores; para algunos de ellos, incluso, consistían en una especie de prueba de valor. Pero, en nuestra condición de liceístas militares  que se tomaban en serio la disciplina castrense, la posibilidad de hacer algo semejante era sencillamente impensable.

Entre las posibles razones que tenían los evasores para cometer su falta se cuentan: encuentros con novias o mujeres en general, relaciones homosexuales, tomar licor, fumar cigarrillos o incluso consumir drogas, ver material pornográfico, reunirse con amigos; asistir a alguna fiesta privada o a un local nocturno (incluso, trasladándose en vehículos si es en un lugar  alejado); simplemente caminar de noche por la playa y hasta bañarse, y un largo etcétera. Aclaramos que únicamente en dos oportunidades tuvimos conocimiento directo de la fuga de alumnos para verse con mujeres. En otra ocasión, mientras montaba guardia en el área de la cantina – que tenía vista sobre la explanada norte – vi a un alumno de 5to. año (de alto rango) regresando desde la playa. Aparte de eso, unos casos los conocimos por rumores y otros son suposiciones nuestras, basadas en el conocimiento que teníamos, tanto de la realidad del internado como de algunos alumnos propensos a cometer ese tipo de faltas graves.

Algunos alumnos, tras varios fines de semanas arrestados, tal vez podían tomar la errónea decisión de fugarse sencillamente para salir del “encierro” y disfrutar un rato de “libertad”.

Pero sin importar que tan atractivas e importantes – y si se quiere normales en la adolescencia – podían ser esas razones para los evasores, es menester reiterar que la evasión es un falta grave. Por ser joven, el estudiante que se escapa por las noche tal vez no mide correctamente las posibles consecuencias negativas de su acción. Son muchos y muy diversos los problemas – incluidas situaciones peligrosas para su integridad física – en los que puede verse envuelto un alumno evadido del Liceo.

En caso de que algo grave sucediera (absolutamente nadie lo desea), gran parte de la responsabilidad recaerá sobre las autoridades de la institución,  quienes deberán rendir cuentas ante la sociedad y ante la familia de los implicados, por su incapacidad de garantizar la seguridad de los internos.

PELEAS A GOLPES

Cuando se está interno en un liceo militar, conviviendo a diario con otros 500 alumnos, es prácticamente imposible no darse puñetazos con alguien alguna vez. Es una cuestión de supervivencia; hasta obligatorio, pudiéramos decir.

En general, la sociedad determina como algo aceptable, incluso normal, que los individuos más agresivos tanto mental como físicamente se impongan sobre los más pasivos, logrando con ello sus objetivos personales, que incluyen, entre otros, el control sobre los demás. En otras palabras, “la ley del más fuerte”.

De hecho, incluso en aquellos sectores de la sociedad promotores de comportamientos pacíficos, más espirituales entre sus miembros, se estimula a los individuos a que, al menos, “aprendan a defenderse”, por si acaso.

Me viene a la mente un recuerdo. Durante mi 4to. año, dos alumnos – uno de mi curso y otro del curso inmediato superior – que eran, posiblemente, los más “fortachones” del Internado (y quienes, por cierto, fueron reconocidos como los deportistas más completos de sus respectivas promociones) eran, al miso tiempo, muchachos sumamente tranquilos, pacíficos y cordiales; personificaban al típico “gentle giant” (algo así como “grandulón buena gente”, en español), apreciados, admirados y respetados por todos los demás estudiantes.

Creo que, más allá de los retos deportivos lógicos de ese contexto estudiantil y de esa edad adolescente, a ningún alumno del liceo, en su sano juicio, se le ocurrió agredir físicamente, u hostigar en modo alguno a esos compañeros.

Ciertamente, desde una perspectiva humanista, se puede estar en contra la ley del más fuerte como marco regulador de las relaciones humanas, pero, al mismo tiempo, hay que aceptar que es lo que rige al mundo. Así que, para poder sobrevivir con una actitud de no-violencia, en este mundo gobernado por los más fuertes, al menos habría que desarrollar una personalidad suficientemente asertiva, que permita dejar claro a los controladores que se está determinado a defender los derechos propios y lograr los objetivos personales, sin necesidad de recurrir a la fuerza.

Pero, apartando las discusiones filosóficas, hay situaciones muy específicas, durante la estadía en el internado castrense, donde la única solución posible a una agresión física o a un hostigamiento excesivo pareciera ser defenderse a golpes. A veces, es una reacción instintiva del ser humano. Al menos, ese fue nuestro caso personal.

Durante los 5 años del liceo militar, en varias ocasiones debimos recurrir a los puños para defendernos de otros alumnos que pretendieron someternos, bien mediante conductas vejatorias reiteradas o bien mediante acciones violentas.

Si bien tal medida en defensa propia produjo resultados positivos, en el sentido de que sirvió para poner fin al hostigamiento hacia nosotros, y si bien, a esa edad, pensábamos que pelearse a puños con el acosador es la mejor – y única – solución al problema, algunos años después de graduados, ya con cierta madurez, experimentando cambios importantes en la forma de percibir los conflictos personales y la vida en general, comenzamos a cuestionarnos esas nociones y esos comportamientos de la infancia y la adolescencia.

El problema está en que, aunque en muchos casos darse golpes luce como la única alternativa efectiva para contrarrestar la agresión, es una acción que puede provocar a los involucrados lesiones físicas, algunas muy serias, e incluso mortales.

Y con contadas excepciones, de individuos muy violentos, no se trata de que, al pelearse, los adversarios tengan el propósito de lastimarse seriamente, sino de que, insistimos, en ese tipo de enfrentamientos pueden ocurrir accidentes graves, y hasta fatales. Uno de los involucrados pudiera resbalarse o ser derribado y golpearse la cabeza muy fuertemente, por poner un caso. Los ejemplos de posibles situaciones que lamentar son innumerables.

No hace falta explicar lo nefastas que serían las consecuencias, tanto legales como éticas, de un accidente grave o mortal para el Liceo y para los participantes.

Ahora bien, los intercambios violentos no deben evitarse sólo porque pudieran acarrear lesiones de gravedad a los enfrentados, y problemas legales para éstos y para la institución. Además está la parte humanitaria, la parte espiritual, tan importantes, pero tan poco tomadas en cuenta.

Como sabemos, el fin último de la educación es la formación integral del individuo. La enseñanza de valores morales y espirituales debería ser tan urgente como la enseñanza de conocimientos. De hecho, la religión católica, imperante en nuestro país, fomenta el crecimiento espiritual de los seres humanos, teniendo como base la vida ejemplar de Jesucristo y sus enseñanzas.

Por último, aunque parezca exagerado, es en ese contexto de humanitarismo y espiritualidad donde deberíamos situarnos para inculcarle a los jóvenes estudiantes por qué es incorrecto resolver nuestras diferencias personales a través de los golpes. Cosa no muy fácil de lograr en un internado militar, por cierto. Allí nos formamos como “pichones” de soldados, en las ciencias y las artes militares, o lo que es lo mismo, para la guerra. No faltará quien sugiera que esas peleas ocasionales son parte del entrenamiento…

………………………………

Para finalizar, en nuestra condición de exalumnos, quisiéramos hacer incapié en que si bien los internados militares son una excelente altrenativa para la formación total de los varones (también de las hembras, pero estas no pernoctan en el Liceo, por lo que su caso es distinto), y que los problemas aquí planteados constituyen, más bien, casos aislados, es imperioso que se mantenga una supervisión constante y rigurosa del alumnado, a fin de evitar situaciones perjudiciales para la integridad de los jóvenes estudiantes.

La institución adquiere un compromiso muy grande con esa familia que deposita toda su confianza en la educuación de sus hijos. Algunos padres confían ciegamente en el Liceo, así que sus autoridades, en representación de las Fuerzas Armadas, deben hacer absolutamente todo lo necesario para honrar dicho compromiso; tienen que responder plenamente ante esa familia y ante la sociedad en general.

Por otro lado, no podemos olvidar que si bien el Liceo cumple una importante función educativa y formativa, no es un correccional de menores. La familia es el núcleo de formación del individuo; en su seno debe inculcarse valores morales y buenas costumbres.

En ese sentido el verdadero papel del Liceo Militar es usar toda su capacidad institucional en la formación académica y castrense de los alumnos, y en la consolidación de los buenos principios familiares que éstos ya deberian traer consigo desde sus hogares.

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La Rosa Milano Ángel Rafael (diciembre 2007)

 

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La Rosa Milano Ángel Rafael recibiendo diploma del Sr. Mendoza (diciembre 2007)

 

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Ángel La Rosa, esposa e hija (diciembre 2007)

 

…………………………

Entrañable “LIMIJANZO” (actualmente, Liceo Naval): recibe mi saludo emocionado y agradecido; queridos y recordados compañeros de la VII Promoción, Bicentenario del Natalicio del Libertador, para Ustedes un muy fuerte abrazo de cariño eterno y felicitación, en este 30 aniversario de nuestra graduación. ¡Felicitaciones!

Entonemos juntos:

“Anzoátegui es eco del Oriente,
Sobre olas del extenso mar.
En tus muros honramos la gloria
de quien sólo sembró libertad…”

Ángel Rafael La Rosa Milano
Tokio, Japón

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~ por Ángel La Rosa en diciembre 5, 2013.

2 comentarios to “LICEO MILITAR GRAL. DIV. JOSÉ ANTONIO ANZOÁTEGUI (PUERTO PÍRITU, VENEZUELA). ALGUNAS REFLEXIONES, EN EL 30 ANIVERSARIO DE LA VII PROMOCIÓN, “BICENTENARIO DEL NATALICIO DEL LIBERTADOR””

  1. No entendí nada

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